¡Bienvenidos a The Kiwi Life!


Si no están seguros de cómo, ni por qué llegaron acá, les voy a comentar brevemente qué es lo que se van a encontrar:

Un diario de viajes

Eso es todo.

¿Qué es The Kiwi Life?

The Kiwi Life es el blog de Nueva Zelanda, el primer viaje, y sin duda lo mejor que van a encontrar acá, especialmente entre Agosto del 2011 y Mayo del 2012. Después vino el viaje de Brasil, pero casi todos las publicaciones se perdieron. Y por último, las publicaciones de Argentina son pocas, por ahora sólo el viaje a Iguazú que hice antes de ir a Nueva Zelanda.

¿Cómo usar la página?

Siempre van a ver las últimas publicaciones primero. Para ver lo anterior pueden bajar y hacer click en "Entradas antiguas", o elegir por viaje entre "Nueva Zelanda", "Brasil" y "Argentina" en el menú de la derecha. También pueden buscar por año y mes, también en el menú de la derecha. Si quieren volver a la página principal, hagan click en "Pagina Principal" debajo del texto, o en la foto de portada arriba de todo.

Los dejo con la introducción.


Cuando se agarra una valija, se pone algo de ropa, un puñado de monedas y se cruza el Océano Pacífico para desembarcar en un país como Nueva Zelanda, sin ningún conocimiento previo del mismo, y sin planes por delante, es inevitable que uno viva algunas aventuras inesperadas.

¿Y qué mejor manera de recordar esas aventuras que escribiendo un blog para que la gente que quedó en Argentina sepa que va sucediendo?
¿Qué mejor manera de escribirlo que riéndome de mí mismo y de lo que voy viviendo?

No cualquiera pasa de trabajar en una oficina de saco y corbata en pleno centro porteño, a juntar manzanas en el campo en un pueblo de 50 habitantes, en boxer de corazoncitos, sombrero de cowboy y botas de lluvia.

lunes, 2 de octubre de 2017

The Squirrelife. Dia 2 de 365.

Dia 2 de 365 - 2 de Octubre de 2017, Kensington Market, Toronto, Canadá

Si bien recién empieza el segundo día, ya lo cambió todo. Había escrito bastante ayer por el primer día, pero hoy quiero pasarlo rápido para llegar a hoy. Ayer fue un día algo extraño, después de no dormir en toda la noche, me la pasé caminando por Toronto impulsado por la energía de un nuevo lugar y de todas las ardillas que vi (Squirrelife = Vidardilla). Pero lo cierto es que estaba completamente agotado. Fue un día muy largo (doble, no dormí el sábado a la noche). Preparar un viaje así y hacerlo es extremadamente agotador tanto mental como físicamente, y así sin descanso y sin punto de quiebre entre una vida y la otra, entre un mundo y el otro, y todo lo que hubo en el medio, no terminé de entender qué estaba pasando. 

Me acosté antes de las 10 pm y caí casi automáticamente inconsciente. Hoy me levanté 7:15, desayuné y salí a caminar por el barrio hasta que abriera Service Canada donde iba a pedir mi número SIN (Número de Seguridad Social) para poder trabajar. Hoy fue diferente. Hoy empecé acá de cero, es como cuando usas la compu mucho tiempo sin parar (dos días seguido) y a todo culo, la apagás y al día siguiente arranca, carga el Windows de cero y funciona mejor. Algo así fue, hoy empecé de cero acá y hoy pude entender realmente que llegué, y que estoy en Canadá. Me es difícil hablar objetivamente ahora porque todo conlleva un montón de sentimientos. A medida que caminaba por las calles del barrio entre casonas increíblemente hermosas con jardincito adelante quedé absolutamente fascinado. Giré a derecha, giré a izquierda y cada calle era más linda que la anterior. Me paraba en las esquinas a admirar y tuve que aprender a no hacerlo porque cada auto que pasaba se quedaba esperando a que cruce y tenía que hacerle señas para que pase tranquilo. Vi perros, gatos, ardillas, adultos sólos, adultos charlando en una vereda, perros acompañados de sus humanos, chicos en bici, y chicos caminando sólos yendo a la escuela. Vi los típicos micros escolares amarillos de las películas pero en versión bonzai. Vi casas que se notaban eran nuevas y otras viejas que de tan sólo verlas te daban ganas de sentarte en la entrada a leer un libro. “Vení, ponete cómodo, tomá, lee esto que te va a gustar”. Casas impecables y casas venidas abajo y aún así mágicas y maravillosas. Quería comprarlas y arreglarlas todas. En cada casa que estaban refaccionando, me asomaba a ver si lo veía a Jonathan Scott (ver “Hermanos a la Obra” por H&H). Cuadras llenas de árboles y casas del mismo estilo una al lado de la otra. Llegué a una escuela con un parque enorme con canchas de básquet y otras cosas que no llegué a ver porque no podía parar de mirar los aros y las redes. No pude sacar ninguna foto. Estaba como en un trance, conectado con todo lo que veía, con un mundo nuevo y no quería romperlo, no quería dejar de mirar cada detalle de cada cosa que tenía al alcance de la vista. 

Por primera vez me sentí realmente en Canadá. Cuando me alejé del centro, de las torres, de lo turístico y me adentré en lo real. Me ponía y me sacaba los anteojos de sol según si quería ver bien todo, o si la cara se me torcía por las sensaciones que me afloraban de adentro y no quería que la gente viera ni mi cara de asombro, ni los ojos llorosos, ni otros gestos incontrolables. La diferencia entre ayer y hoy es la misma de cuando ves a una persona hermosa, y cuando te enamorás. En nada, en una noche de diferencia, en una caminata de 45 minutos por un barrio cualquiera de Toronto, pasé de ver una ciudad nueva, un país nuevo, una cultura nueva, un mundo nuevo, a ser parte de él.

Llamé a un gato que no se acercó, toqué la reja baja de una casa para sentir que realmente estaba ahí, nos miramos a los ojos con una ardilla negra por un buen momento y después me vino a investigar más de cerca, yo encantado. Vi un perro negro hermoso y peludo atado a un árbol en la puerta de la escuela pero no me animé a ir a abrazarlo y tocarlo como quería porque no se como son las reglas sociales acá sobre los perros ajenos, y no quiero molestar a nadie. Por eso ya no me paro en las esquinas a boludear, y ni siquiera cruzo la calle aunque no haya autos en cientos de metros a la redonda hasta que el muñequito no se ponga en blanco. Agradezco a todos los que me dejan pasar aunque no haga falta. Es todo tan “perfecto” que da miedo tocarlo a ver si se rompe. No quiero hacer nada que pueda perturbar el balance perfecto. Da la impresión de que la amabilidad es más fuerte que el mal humor o las ganas, porque me crucé gente divina y con buena onda, y otros que no tenían un buen día, pero que al bajar la escalera mecánica del subte entre el aeropuerto y la ciudad vieron que llevaba una mochila y se acercaron para decirme que daba lo mismo el andén izquierdo o derecho porque ambos iban hacia el este. Yo de mal humor evito a la gente, ella de mal humor pensó que quizás un mínimo de información podía serle útil a un viajero desconocido. Aunque por ahora abrí varias veces el mapa y nadie vino a preguntar si necesitaba algo (punto para Wellington). Pero...ardillas (punto para Toronto). Welligton 1 – Toronto 1.



No quiero parar un segundo. No quiero quedarme más de lo mínimo indispensable en el hostel o en el cuarto. Miro por la ventana y es como estar sentado al pie del árbol y ver por el agujero el País de las Maravillas, querés saltar ya y rascarle la barbilla al gato (es raro, pero sigue siendo un gato). Quiero caminar por cada calle que veo, doblar en cada esquina, tomar un café en cada café, una cerveza en cada bar, quiero comer en cada puesto callejero, quiero subirme a cada edificio y mirar el paisaje, quiero hablar con cada persona para que me cuente su vida, quiero chamuyarme a cada mina que veo, quiero acariciar a cada perro que veo (eso no es nuevo igual), quiero todo, quiero cada cosa, no quiero parar. Viajar es como una droga, y es igualmente adictivo.

No sé aún que voy a hacer mañana. Qué digo? No sé ni qué voy a hacer después del mediodía. Lo único que sé es que esta semana me voy para Montreal, Toronto se me hace muy Auckland y por eso quiero escaparle rápido. Estoy seguro que hay ardillas por todo el país. Le agregaría a wikipedia la densidad de población de ardillas por ciudad, así me ayuda a decidir a dónde quiero ir a continuación. Admito que estoy obsesionado con ellas. Las quiero adoptar a todas.




Esto recién empieza. Día 2 de 365. En Ardillalandia

Los dejo con algunas fotos de ayer.

La primera vista de Toronto ni bien salí del subte. 

Downtown Toronto. el Centro.

Waterfront. Parte de la costanera.

Era obvio que le iba a sacar fotos a los pájaros locales. Acá un pato y una gaviota debatiendo sobre la pesca del día.


Otra parte de la costanera

jueves, 17 de agosto de 2017

Six ans

Hoy estoy de muy buen humor. De tan buen humor que hasta quizás les cuente algo muy importante. De tan buen humor que voy a dar vueltas antes en vez de contarlo directamente, como suelo hacer. Pero, para que no hagan trampa, no va a estar al final, sino que van a tener que leer todo para darse cuenta.

Hoy es un día precioso. Sol, calorcito, como si fuera primavera. Amo la primavera, me cambia completamente el ánimo, asique va a ser una lástima que no esté acá para disfrutarla. Bueno, en realidad tengo 9 días y medio de primavera, y pienso aprovecharlos al máximo. Hoy también lo aprovecharía, pero como estoy terminando de recuperarme de una suave, suave gripe, prefiero guardarme un par de días más. Por lo menos miro por la ventana y me imagino jugando afuera en el pasto. Eso suena más triste de lo que pensé. Sigamos adelante.

Cada tanto me gusta pensar en efemérides propias, o sea, que estaba haciendo un día como hoy hace X cantidad de años. La memoria no es mi fuerte, así que esa X no puede ser más que 6 o 7. Y qué casualidad, justo quería hablar de Agosto del 2011! (X=6)

El 17 de Agosto del 2011 me encontraba en Auckland, en mi catorceavo (14°) día en Nueva Zelanda. Era miércoles, un día soleado pero algo fresco (máxima 11°C). Para esa altura estaba empezando a darme cuenta de que todo era real y no parte de un hermoso sueño que iba a terminar ni bien me despertara una mañana en Buenos Aires para ponerme la camisa e ir a unos de los peores trabajos que tuve en mi vida, CTM. Igual cada mañana temblaba un poquito antes de abrir los ojos, y suspiraba aliviado al ver ese pequeño cuarto sin ventanas del hostel aucklaniense (?). Las dos semanas anteriores consistieron básicamente en pasear todo el día, y salir toda la noche (o lo que se entiende por toda la noche en NZ. Todo cierra a las 3.30 am). Ya era hora de empezar a decidir que iba a hacer, si alquilar un depto ahí mismo con algunos amigos que conocí al llegar, o si acudir al llamado de Naty que me esperaba en Wellington. El deseo de una nueva aventura fue mayor, y así a los dos días me decidí y saqué los pasajes para la capital kiwi.




Se habrán dado cuenta que esto supera en creces la capacidad de mi memoria, acudí al post del 19/8 de TKL. (Consejos de supervivencia en Auckland ante la falta de trabajo).

No sabía absolutamente nada de lo que me esperaba ni en Wellington, ni en el resto del viaje. Recuerdo esa sensación de ser el recién llegado y el encontrarte con gente que ya llevaba mucho tiempo ahí y preguntarles todo lo que se te podía ocurrir. Hoy, ya habiendo pasado todo, y hace mucho tiempo (no llores Facundo), puedo adelantarles un poco que pasó.

Sí, ya sé que saben todo lo que pasó. La mayoría de ustedes ya leyeron todo The Kiwi Life antes, pero!, pero, estoy seguro que no lo releyeron 100 veces desde entonces como yo lo hice. (No llores Facundo).

En Wellington encontré un lugar que ni en mis mejores sueños utópicos podría haber imaginado. Aún recuerdo esa fría, fría mañana cuando Nati se suponía que tenía que irme a buscar a la estación de tren porque yo no sabía el camino (ni la dirección de la casa), y me hizo esperarla 40 minutos (ella vivía a 15 min de la estación, yo viajé 11 horas y llegué a tiempo). Llegué a la casa, y fui conociendo a mis futuros flatmates (Pronúnciese “flátmeits”, compañeros de casa). Y cómo olvidar al chileno ilegal que los estafaba y hablaba como cubano! Duró poco igual, al poco tiempo desapareció sin dejar rastro e hizo que nos convirtiéramos en CSI por unos días. Wellington fue una de las etapas más maravillosas de mi vida. Toda la gente de esa casa era...no quiero decir loca, pero no me sale mejor palabra….particular? Puede ser. Tanto como yo por lo menos. En la ciudad del viento lavé platos cual pulpo supersónico, vi algunos partidos del Mundial de Rugby, estuve en los festejos cuando lo ganaron los All Blacks (sorpresa, sorpresa), paseamos mucho, y amé la vida como nunca. Pero, era un viaje, no me iba a quedar para siempre ahí.




Y así partí al sur. Cruzamos en ferry, manejé en estado total de pánico por el lado contrario de la ruta y con el volante del lado opuesto al borde de un precipicio. Hundí mis pies en la arena de la playa más hermosa que ví hasta el momento, perdí mi billetera 2 veces y me fue devuelta llena ambas veces por la policía, me compré una camioneta vieja, pasé unas navidades épicas con los Miles y el Gordo en Nelson, hicimos road-trip, nos instalamos en Cromwell. Jugé al fútbol con Vanuatus (dícese de las personas nacidas en Vanuatu. Es un país. En serio), me comí la mitad de la producción anual de cerezas de la empresa donde trabajaba, hicimos el mejor road-trip de la historia con el Gordo, Kozué (japonesa), y Ben (inglés) en la camioneta. Y llegamos a Motueka para disfrutar de los últimos dos meses del verano. Que se extendieron hasta pasado el invierno. Junté manzanas cual mono araña, jugué al fútbol en el equipo de la ciudad cual J. R. Riquelme (sí, así de malos eran todos), exploré toda la región a más no poder, tuve un romance con una kiwi más grande que yo y mamá de una nena de 9 años a quién bañé en gasoil por accidente una vez mientras le llenaba el tanque a la camioneta, fui extra en el Hobbit y me sentí Elijah Wood por unos días, casi muero en la explosión de una cocina (eso fue en Wellington pero me olvidé de ponerlo antes), hice amigos y más amigos, y más amigos. Me senté en el “porche” trasero para ver mil atardeceres, escuchar mil canciones, tomar mil cervezas, y charlar una y otra vez con todos los compañeros de casa.


And the sign said "long haired, freaky people...need not apply"


Fui feliz! Cada día era un regalo. Cada mañana me levantaba y era feliz tan sólo de despertarme ahí (igual mi cara y mi humor reaccionaban unos 45 minutos más tarde, pero la alegría interna ahí estaba). Todo tiene un fin, y ese viaje también lo tuvo. En cierta forma, en cierta otra no.

Volví a BA. Me perdí, me desoriente, me deprimí, me confundí, me recibí, me operé la vista, y me fui de vuelta. Brasil…..na nara nara nara naaaaa. Pelo afro, zunga negra, ojotas hasta para salir a pasear, más brasilero que los brasileros. Río, calor, samba, baile, morro, subida, bajada, monos, tucanes, más monos, coixinhas de frango, capirinhas, más caipirinhas, aún más caipirinhas, bondinho, fuchibol, Santa Teresa, ey Valderrama! (o sea yo, así me decían cuando jugaba al fútbol), playa, mar, vistas increíbles. Río básicamente.



Carioqueamos un poquito por aquí, carioqueamos un poquito por allá, y también argentineamos bastante, obvio. Mundial! Alemania-Portugal y Francia-Suiza en Salvador de Bahía. Reencuentro con los Miles también en Bahía y deseos desesperados de que meterme en sus valijas y volver con ellos a Nueva Zelanda. Argentina-Suiza en São Paulo, y los demás en la playa de Copacabana. Salvo el 7-1 de Alemania-Brasil que lo vi en el hostel con un gran grupo de brasileños (mezcla de lástima y risa. Lastirrisa)

Otro hostel! Pero esta vez uno propio. Nos mudamos. Favela, Vidigal, açaí con granola. Pintura, pintura, dios tanta pintura. Renovación completa, compras, reequipar. Sistemas, trabajo. Dios cuánto trabajo! Abrimos. Un éxito. Reveillon en Copacabana (Fiesta de año nuevo. Todos de blanco. Playa, fuegos artificiales. Una locura). Carnaval. Más éxito. Mucho trabajo. Muchísimo trabajo. Sin descanso, sin paseo. Sin descanso y sin (Santa) Teresa, Facu pierde la cabeza. Visita materna, una muy necesaria. 1 semana de luz en Ilha Grande. Visita de Euge. Robado por la policía militar. Amenazados de muerte por la Policía Militar. Parado sobre una roca. A un paso del precipicio. Abajo más rocas, mar. Atrás un policía con rifle diciendo que me va a empujar. Chau Facu? No, no, aún hay Facu para rato. Ayahuasca. Ayahuasca de nuevo. Ayahuasca una vez más. Ayahuasca una última vez. Explosión de cabeza. Resolución de mil asuntos pendientes. Nuevo Facu. Hola nuevo Facu! Río ya no me hace feliz. Chau Río.




Hola Buenos Aires! Buen laburo, Córdoba, Corrientes. Visita de holandesas conocidas de Río. (Renacer de un viejo “enamoramiento”). Visita de los Miles (bajada de caña sin códigos)(valió la pena). Nuevos sobrinos y sobrinas. Amor por ellos. Adiós Tomi, nunca pensé que una bolsa de pulgas amarilla podía tocarme tanto y dejar un hueco enorme; por suerte estuve acá y no lo sufrí a la distancia. 

Pero ya no soy el que era cuando me fui allá por el 2011. Viajar te cambia. Para siempre. No tenés idea cuánto. No sólo vos, la gente más cercana también; mis viejos. Hola nuevos viejos!

Es la primera vez en mi vida en la que realmente soy feliz con quién soy y en quién me convertí. Los dos viajes fueron extremadamente diferentes. Pero si hay algo que aprendí, es que aún tengo más viajes por delante. Mil aventuras más. Da tanto miedo. Pánico, cada vez que me embarco. Pero más miedo me da no embarcar y no seguir haciendo lo que me hace feliz, lo que me llena. Años de confusión. A dónde voy? Qué hago? No sé. No sé. QUÉ HAGO???? Meses de investigación, miles de opciones. DESESPERACIÓN. Esta, es esta, algo en el fondo de mi alma me dice que es esta. Pedido de visa. Error, no sale. Pedido de nuevo. Miedo. Aprobada. Más miedo. Más tranquilidad también. Igual no me voy hasta dentro de un año. Y el año se pasa rapidísimo. Un año. 10 meses. 8. 6. Ya? Medio año? En serio? No, no caigo. 4. 3. 2. 45 días. 43 días, y acá estamos.

Sí. En 43 días me voy de nuevo. Exactamente a donde quiero ir. Exactamente a donde quiero pasar mi próximo año. Suena irreal. Hace más de 6 años que no me siento así. Hace más de 4 que espero algo así. Y la incertidumbre fue siempre lo más difícil. Quizás suene estúpido, pero no tienen idea lo que fueron esos años de espera. Y ahora está al caer. Soy yo el que todavía no caigo. 42 días, 21 horas. 42 días, 20 horas, 59 minutos.

Sí. Me voy de nuevo. Pánico. Felicidad.


Algo de música para ayudar a digerir la noticia.




martes, 15 de agosto de 2017

Río me Wellingtonea

Encontré algunos textos viejos de Brasil. Algunos puede que los haya publicado, otros no.Encontré un borrador primero, y después la versión pulida del mismo. Hice una mezcla de ambos y acá lo traigo. Hasta le cambié el título. Esto lo escribí durante mi primera semana en Río de Janeiro, a mediados de Junio del 2014.


Río me Wellingtonea


Río tiene mar pero no es Mar del Plata. Tiene sierras pero no es Córdoba. Tiene bosques pero no es Misiones. Tiene monos pero no es zoológico. Está en Brasil, pero no es São Paulo.
Río es Río, y sólo eso. La ciudad tiene una personalidad tan fuerte que lleva tiempo conocerla, como a una persona. Uno llega y Río tiene cierta imagen, que es parte de la ciudad, como la imagen de uno. Pero como a una persona, la vas conociendo poco a poco.
No paseé mucho por Brasil aún, pero lo poco que sí vi, cada lugar es completamente diferente al otro. Sorprende la abismal diferencia entre São Paulo y Río, donde a 429km de distancia, ya tienen diferente acento. En San Pablo se dice “S”, en Río “Sh”; por ejemplo: “Cristo” (San Pablo), “Crishto” (Río).
Durante los primeros 4 días en Río (esos previos a Arraial y Salvador) me encontré diciendo que cada día Río me gustaba más, y hasta me costó irme, pero prometí volver. Hoy puedo decir que poco a poco me voy enamorando de la ciudad. Es difícil no hacerlo.
Me levanto, voy al living y tengo esta vista. Mientras desayuno aparece siempre una familia de 6 o 7 monos a pedir banana; y si no les das, entran en la casa y se te sientan en el banco. Pasan primero por la cocina, y después vienen al living. Estos son los monos chiquitos (micos), después también están los grandes, que si bien no vienen a la casa, basta con bajar un par de escalones por el jardín para encontrarlos. Estos también tienen debilidad por las bananas. Son un cliché.
Mono grande

Mono chico
 De vez en cuando también aparecen tucanes. Sí. En Buenos Aires, aquellos que tienen la suerte de tener un jardín, pueden ver limitados ejemplares de fauna local: palomas, gorriones, gatos vecinos, ratas/ratones, lagartijas, y variedad de insectos que pican, eso es todo. Acá subís a la terraza y ves a los monos caminar por el tejado del ex-monasterio de al lado, bajar por el caño de agua, y saltar hacia los árboles de tu jardín-cuasi-bosque. Tanto desde el living como de la terraza se ve el Cristo Redentor y el valle. Desde la terraza se ve también Botafogo, el Pan de Azucar, y el mar. Bajas las calles serpenteantes del morro y te encontrás con todo. Pasás por las favelas, por mansiones, por callejuelas que suben y bajan a los costados. Y todo, tiene una magia especial, es difícil de explicar, pero está, es casi palpable. Río tiene una energía propia, que aunque estés en una calle igual a cualquier otra calle del mundo, te sentís diferente.
Supongamos que bajás por Rua Julio Otoni y Rua Alice hacia Rua das Laranjeiras, y de ahí al Largo do Machado (podés tomar un colectivo para el mismo recorrido, pero no tiene el mismo encanto, por supuesto. Lo mismo que el subte, desde el Largo podés tomar el subte que te lleva tanto a Copacabana como a Ipanema (sí señores, podés ir a la playa en subte) (de hecho podés subir en malla y ojotas y cruzarte con gente que va de saco y corbata).
En la playa tenés tipos musculosos, tipos panzones. Mujeres en tanga con cuerpos increíbles, y abuelas rechonchonas también en tanga. A nadie le importa. Pasan los vendedores con canciones o gritos. Algunos pasan gritando “Caipirinha! Caipirinha!” y cuando pasan por al lado meten en el medio un “maconha” en voz baja (maconha = marihuana). Nadie juega al fútbol, sino fut-voley o a mantener la pelota en el aire.
Llegué con miedo a encontrarme con “Ciudad de Dios”, y me terminé encontrando una ciudad de samba, cachaça y sonrisas. Río es real y auténtica, a pesar de parecer una pintura impresionista.
Así como hay personas con magia y personas muggle, también hay ciudades con magia y otras sin. Río sin duda tiene magia por todos lados. Y yo, como buscador empedernido de eso que te hace diferente, encontré en Río un lugar para quedarme.
Hay McDonald’s, hay KFC, hay Starbucks, hay carteles publicitarios con marcas de ropa, eso no lo puedo negar, pero por cada uno de ellos, hay 10 botecos (barcitos tradicionales) que te venden comida típica: carnes o pollos preparados de distinta forma, pero siempre con arroz y porotos, y a veces incluso pasta; la comida por excelencia del brasileño (y viajero) de pocos recursos. Con 10-12 reales comés hasta el cansancio comida real.
Llegué a Rio de Salvador, una ciudad cuyo resumen sería bajonero, y prefiero saltearlo por ahora. Salvador me hizo incluso pensar en volverme a Buenos Aires al terminar el mundial. No encontraba mi lugar en Brasil, no me generaba nada, no sentía esa cosa especial por el lugar. Sólo quería volver a Río, pasar un tiempito, e irme. Hasta que volví. Salí de la estación y ya el aire era distinto, yo ya era distinto. La ciudad me recibió con los brazos más que abiertos. La gente me veía con la mochila y querían ayudar a toda costa, ya me daba vergüenza. Llegué de casualidad a un hostel, y siempre las cosas que pasan por casualidad o sin planear son las mejores, nunca me voy a cansar de decirlo. Llegué acá, conseguí el trabajo que me desesperaba conseguir, encontré un lugar que me genera mil cosas, y conseguí entradas para ver a la Argentina cuando yo ya me había dado por vencido. Comparto casa con un grupo de flasheros, todos. Y siempre que tengo dudas, vengo a la terraza y disfruto de la vista, sólo eso ya me hace sentir que estoy en el lugar correcto.
Río a veces me Wellingtonea. Ya hablé mil veces de cuanto extraño Nueva Zelanda, de cuanto extraño Wellington, y de cuanto extraño el tiempo que pasé allá. Wellington no me enamoró en un día, ni en una semana, y ese es el tiempo que llevo en Río. Wellington me llevó tiempo, me llevó caminatas de horas hacia arriba y hacia abajo. Me llevó quedarme en casa hablando en inglés con kiwis amigos de amigos. Una vez que empecé a vivir como residente más que como turista empecé a amar Wellington, y eso es lo que estoy haciendo acá. Río a veces me Wellingtonea, a veces me hace sentir como me sentí allá; esa felicidad pura, esa sensación de plenitud, esa sensación de estar exactamente donde debía estar.
Incluso mi segunda visita a São Paulo fue diferente. Los amigos que hice allá la primera vez leyeron mi última reseña sobre la ciudad, y lejos de sentirse ofendidos, se sintieron en deuda para mostrarme algo mejor. Y volví. Ya no como un turista, y ya no me trataron como tal. Nos pasaron a buscar (a mí y a otro pibe argentino con el que fui al partido) por un barcito volviendo de la cancha, donde me comía las bromas de los locales por llevar la camiseta argentina. Eran 4, Andrea y Fabricio a quienes ya conocía de la vez anterior, Nina, en cuya casa habíamos desayunado ese mismo día, y Luana, una chica que entiende algo de inglés y algo de español, pero con quién tengo que hablar en portugués obligado, y eso está genial. Fuimos a otro bar donde siguieron cayendo más amigos. En un rincón de la mesa se escuchaba español, en otro portugués, y en otro inglés. De pronto cada rincón cambiaba de idioma. Terminamos en la casa de una de ellas, Renata, quien recién se había mudado. Un par sentados en banquetas de plástico, otros en el piso, y otros en un colchón inflable. Sin música, sin tele, sin nada, sólo charla. Lo amé. Yo estaba sentado, en un pequeñísimo departamento en el Centro de San Pablo, rodedo de un grupo de amigos brasileños que estaban haciendo lo que siempre hacen, y yo ahí como un espectador de lujo y como parte del grupo también. Es un grupo de gente increíble. Tanto que hasta me planteé buscar trabajo en São Paulo y quedarme allá, por ellos, y por la nueva vida que estaba descubriendo en allí.
São Paulo se redimió como lo hace el Cristo de Río cada vez que lo miro por la ventana. Brasil se está redimiendo. Yo me estoy redimiendo. Hay una gran parte mía que está esperando que termine el Mundial para descubrir el Brasil real. Y donde antes no tenía ningún lugar donde quisiera quedarme, ahora tengo dos. Y no donde podría quedarme, sino donde quisiera quedarme. La mente del viajero es inestable. Un mismo lugar puede generar sentimientos opuestos en distintos momentos. No es fácil despejar la mente y disfrutar siempre. La experiencia del viajero es igualmente impredecible. No depende sólo del lugar, sino de la gente que uno se cruza allí. Una misma ciudad recorrida con dos personas diferentes, puede ser percibida de dos formas completamente opuestas.
En algún momento hablé de que me estaba “akiwizando”, hoy me “acarioco” (suena graciosa esa palabra), o por lo menos eso voy a intentar. Aún tengo muchas dudas y muchas ideas, como las tenía en Salvador. Pero poco a poco van perdiendo importancia. Ya se van a ir resolviendo. Mientras, yo sigo acá sentado en la hamaca paraguaya en la terraza, escribiendo, leyendo, charlando, viendo al coliflor revolotear por las flores, a los monos caminando por el techo de la casa vecina, o simplemente mirando el increíble paisaje de Rio de Janeiro.
Sin más, los dejo ir a hacer algo más divertido que leerme. Até Logo.

PD: El título original era "Río es casi..."

viernes, 1 de abril de 2016

Amo los aeropuertos


Amo los aeropuertos, amo viajar, amo... bueno, ya todo eso lo saben. Pero es cierto, los aeropuertos me generan algo increíble. Sea yendo a un lugar nuevo o volviendo a uno viejo, me siento como un nene a las 11:55 pm del 24 de diciembre. Y como los nenes, extraño ese sentimiento el resto del año. Por eso, para que yo sea feliz quedándome en un lugar, tiene que ser un lugar que me enamore cada día. Tiene que ser un lugar que al despertarme y recordar que estoy ahí, sonría a pesar de tener los ojos secos e hinchados, y de tener el usual mal humor que me acompaña cada mañana (y sólo los que vivieron conmigo saben la magnitud de mi mal humor mañanero). Tiene que ser un lugar que cada día me empuje a salir, y a sonreír por el sólo hecho de estar ahí.

Desafortunadamente, Río de Janeiro ya no hacía eso por mí, y por eso decidí irme. Se imaginarán que no fue una decisión fácil, pero hace tiempo que aprendí a escuchar lo que mi corazón tiene para decir, y el mensaje ahora fue claro. Eso me llevó a cada experiencia increíble de mi vida, nunca se equivocó, y cuando las cosas no salieron bien, fueron justamente porque no lo supe escuchar.

Así en dos días decidí irme. Un lunes a la mañana lo decidí, un martes a la noche me subía a un avión. Rápidamente tuve que elegir que traía conmigo y que no, ya que todo lo coleccionado durante un año y medio, y una pasada por Buenos Aires no entraba en mi valija. Tuve que correr a cerrar cuentas bancarias y teléfonos. De pronto vi que todo lo que estaba haciendo, cada lugar por donde pasaba, iba a ser la última vez que lo hiciera en quién sabe cuánto tiempo. De pronto vi que ese lugar que supo ser mi hogar, y esa gente que supo ser mi familia, mis amigos y mis compañeros de trabajo quedaban ahí y no entraban en la valija. Me estaba yendo sin saber exactamente a dónde, sólo sabía que me iba y que estaba cerrando una etapa gigante en mi vida, sin tener idea de cómo iba a ser la siguiente. Una charla inesperada con una persona increíble que conocía hacía poco, mientras comíamos unos "pão de queijo" con "açaí" en mi barcito preferido, en mi barrio preferido de Rio de Janeiro, me hizo darme cuenta qué tengo que hacer. Era obvio, siempre lo fue, sólo que durante mucho tiempo elegí no escucharme a mí mismo.


Aterricé en Buenos Aires y decidí tomarme un tiempo para descansar (merecidamente) y disfrutar de la familia y los amigos. Llegué un jueves y la ciudad me recibió de la mejor manera que podía recibirme, y así supe que había hecho bien.

Realmente no sé qué va a pasar, ni cuándo. No sé cómo me va a salir todo, pero sé lo que quiero y voy detrás de ello, así, sé que todo va a salir bien. Elijo una vez más el camino de lo impredecible y de seguir mi instinto, y me encanta.


En Buenos Aires hasta próximo aviso.


Rio de Janeiro



Largo do Curvelo, Santa Teresa
Largo do Guimarães, Santa Teresa



Açaí con Granola
Largo do Guimarães con Rian

Nati Limão






Buenos Aires



sábado, 28 de marzo de 2015

¿Ilha Grande? ¿y eso?


Me agarré la costumbre de llevar un anotador y una lapicera siempre que salgo, vaya a donde vaya. También llevo siempre un libro y el iPod, pero las razones son menos nobles y románticas. El fin de cargar siempre con ese peso encima es que, en caso de tener de pronto algo interesante para escribir, esto no se pierda en las neblinas del olvido. Muchas veces me pasó de concebir un regreso triunfal al
arte de escribir, pero que, a pesar de repetirlo y continuarlo en mi cabeza durante todo el trayecto de regreso a “casa”, al sentarme en la computadora, ya había perdido su magia y termina quedando desechado entre tantos otros bocetos de textos que sonaban geniales, y quedaron flotando por ahí.

Esto convive con la creencia de que la creatividad va de la mano con una buena vida, o por lo menos eso es en mi caso. Cuando mejor escribí, fue en la mejor etapa de mi vida. Cuanto más feliz era, mejores eran los textos, y aún en los momentos grises, pero que estaban dentro de toda esta etapa, los textos eran interesantes, a pesar de no estar rodeados de una aura mágica y alegre. Vivo entonces a la espera de poder escribir de nuevo, y no es que no lo intente, es que no sale. Es horrible cuando sabés que en algún momento todas las pelotas las clavabas en el ángulo de primera, y hoy si apenas le atinás al arco después de pararla y acomodarte.
Nueva Zelanda es una realidad que amenaza constantemente con nostalgia, de épocas más felices, y junto con estas, está la espera de la escritura vuelva a fluir.

Un día me vine a Ilha Grande, no a trabajar (sorpresa, sorpesa), sino a viajar, y tengo que admitir que es la primera vez que disfruto Brasil en mucho tiempo. Mi vieja vino de vacaciones unos 10 días y era algo que necesitaba enormemente. Todos los últimos meses fueron realmente difíciles y sacrificados. Después de quedarse una noche en el hostel, partimos hacia la hermosa islita atlántica.

Si bien cargué mi anotador a todos lados, todo lo que escribí fueron más anotaciones y reflexiones personales, que es lo que más necesitaba. Me tomé varios momentos para pensar mientras caminaba por la selva, me sentaba en la playa, o mientras meditaba sobre una piedra frente a una cascada o bajo un árbol a orillas del mar. 

Una semana no alcanza para reordenar todos los pensamientos en una cabeza, pero fueron suficientes para por lo menos encauzarlos y organizar el trazado de calles para que circulen más ordenadamente y no se atasquen todos en la boca del subte. 

Tengo grandes decisiones que tomar, de las cuales depende el resto de mi vida (o por lo menos los próximos años), y este tiempito y espacio que me tomé de mi mundo actual ayudó mucho. Como principal puedo destacar la cuestión sobre ¿qué es lo que realmente quiero?, lo cual no siempre es fácil de saber, y en el día a día cuestiones más urgentes no dan espacio a cuestiones importantes como estas, y así pasan los días y los meses, y uno sigue sólo por continuar sin tener tiempo de sacar la cabeza a la superficie y ver hacia donde uno está yendo, y si hacia dónde va es efectivamente hacia donde uno quiere ir, y no es sólo la proyección de lo que alguna vez uno quiso y que se desvió sin darse cuenta.

Dado que no hay mucho más para detallar acá, vamos a lo que mas os intriga: 

“¿Ilha Grande? ¿y eso?”


Ilha Grande (dígase: Ília Granshi) es nada más ni nada menos que un paraíso terrenal a sólo 3 horas de Rio de Janeiro. Es una isla grande (de ahí el original nombre) a unos pocos km de Angra Dos Reis en la costa continental del Estado de Rio de Janeiro. La única forma de llegar es en lancha, que puede tomarse en varios muelles diferentes que no valen la pena detallar ahora. La travesía acuática toma entre 20 y 45 minutos dependiendo si se suben a uno de esos viejos barcos de madera que te llevan de paseo, o esas lanchas que rebotan sobre la superficie del agua haciendo que tu desayuno rebote sobre la superficie de los ácidos gástricos (los cuales rebotan contra las paredes del estómago resultando en un lindo revoltijo).



Desembarcás en un muelle en Vila Abraão, un pueblo de 3000 habitantes donde hay más perros que autos (y no estoy exagerando). En la isla no hay calles ni rutas, en el pueblo apenas si las hay, y muchas de ellas son de hecho peatonales. Los únicos vehículos motorizados terrestres pertenecen a mis amigos de la Policía Militar, a los bomberos, a la municipalidad, y una ambulancia. Un total de 2 pickups, una camioneta con caja (la ambulancia), dos buguis y una moto. Pasás caminando por los locales y se escucha Bob Marley y Jack Johnson, acá no llegó el funky (gracias Jah!). El 95% de la isla es área protegida. ¿Querés moverte? Tomate una lancha o aventúrate por los caminos de la selva, simple (y reconfortante).




Sólo sentado en la posada durante el desayuno vi 5 tipos de animales diferentes. Micos, gorriones (que de hecho entran y andan libremente por toda la posada), un pájaro no volador, una ardilla (escupí el café que tenía en la boca de la emoción), y un bicho más que ahora se me fue. Mires hacia donde mires tenés las colinas / montañas cubiertas de bosques, y/o el mar. 

No hay autos = no hay contaminación sonora. No hay autos = no hay contaminación del aire. No hay autos = todo el mundo va en bicicleta. No hay autos = caminás más.

Hay una trilha (dígase: trília. Palabra en portugués para: “camino por el bosque que puede o no tener en algún momento una pendiente que tus gemelos no puedan soportar”) de aproximadamente una hora que te lleva a la Cachoeira da Feiticeira (dígase: Cashoéira da feichiceira, En español “cascada de la hechicera” parecería ser) y a la praia homoniminha (playa homónima). La cascada crea una pequeña piscina natural en medio del bosque, es hermosa. La playa es linda, pero demasiado chica. A penas nos dispusimos a volver se largó una tormenta increíble, y créanme, que escalar y hacer la trilha en ojotas en medio del barro, las piedras y un diluvio no es algo muy sencillo.


Mi vieja no estaba muy feliz durante la vuelta. Se le resbalaban las zapatillas y no paraba de llover. Todo era barro, todo era resbaloso. Y no teníamos paraguas. Cuando faltaba poco me adelanté y fui corriendo hasta la posada para buscar un toallón, algo de ropa abrigada y un paraguas.
Lo cierto es que después de todo, amó la caminata, le encantó darse cuenta que fue capaz que pasar por todo eso, y terminó tomándolo como una experiencia más que positiva. Ahora tiene una historia para contar!



Hay otra caminata que te lleva a la playa, probablemente, más linda que vi en mi vida, la Lopes Mendes. La trilha lleva entre dos y tres horas y vas pasando por algunas playas intermedias. Todas las playas del norte (aquellas que están frente al litoral continental) son de aguas mansísimas, apenas si se mueven. En una de ellas, la Praia das Palmas, me quedé ahí flotando durante media hora bajo la mirada de unos buitres. 






Estaba sacándole una foto a esta casa y se acercó "Leito" y me dijo: "yo la pinté". Posó para la foto y se fue contento.

Diga lo que diga de la playa Lopes Mendes no le hace justicia, como tampoco le hacen las fotos. Igual les voy a mostrar una para que tengan una mínima idea. A diferencia de las playas del norte, ésta que da de frente al océano atlántico tiene olas enormes de un color verde esmeralda que rompen a más de 50 metros de la orilla.

Lopes Mendes

A la vuelta cruzamos la isla hasta Praia Pouso, donde nos embarcamos en una lancha hacia el pueblo. En el camino nos agarró el atardecer escuchando al gran Bobby.

Un barcito en la playa Pouso

Rastaman vibration yeah...positive!

Dar la vuelta a Vila Abraão no te lleva más de 15 minutos. Admito que el centro es altamente turístico (lo cual generalmente no me agrada para nada) pero acá se tolera más que bien.

En fin, una semana en este paraíso me sirvió para despejarme bastante y reordenar mi línea de pensamiento (¿a quién no?). La visita de mi vieja me llenó de enegía para encarar lo que se viene, y me ayudó a aclararme un poco la cabeza. Además pudo conocer mi hostel, con quién trabajo y vivo día a día, y se llevó un pantallazo de Río. Lo mejor de todo es que es su primer viaje internacional además de Uruguay. Idioma diferente, cultura diferente, gente diferente, todo diferente. Y lo amó.

No sé aún que será de mi vida, pero por lo menos ya estoy un poquito más orientado, digamos que encontré la brújula, ahora me falta encontrar el mapa nomás. Allá voy Felicidonia!

http://vignette3.wikia.nocookie.net/lossimpson/images/6/62/TLeader.jpg/revision/latest?cb=20090306233425&path-prefix=es