viernes, 9 de febrero de 2018

Vancouver, la ciudad de la lluvia


Pasaron ya 3 meses desde la última actualización. ¿Ya? 3 meses??? Sí, ya 3 meses. Se imaginarán que hay muucho para contar. Al principio no escribía porque no había mucho material y esperaba a que se acumulara un poco más, y ahora tengo tanto que no se ni por dónde empezar. Pero como no tengo ganas de empezar a contar todo lo que me trajo hasta acá (ahora), vamos a saltar directamente a mi situación actual en la tierra de ardillas y alces.

Yo sé que ustedes se quedaron en Montreal y mis problemas con el francés a fines de octubre. Pero en este momento estoy viviendo casi en el centro  (Downtown) de Vancouver, en el barrio de West End, con Philipp y Leon (a quienes ya presentaré). Estoy en mi segundo trabajo (ya que conseguí otro antes, pero lo cambie por este nuevo), y casi que no recuerdo cómo se siente salir a la calle y que no esté lloviendo. Hoy encima hay viento, lo cual después de dárseme vuelta el paraguas, me recordó a como era vivir en Wellington.

West End desde el puente de Burrard Street
Vancouver está en la costa oeste de Canadá, sobre el Océano Pacifico. Pero tiene una geografía algo extraña, y tiene bahías y entradas de agua por todos lados, lo cual hace que todo el centro de Vancouver este prácticamente rodeado por agua. Tan así que parece una península. Para ir al norte o al sur tenés que cruzar un puente. Hacia el oeste está el mar y después de este, a unos 60 kilómetros, la isla de Vancouver (o Vancouver Island), donde está la ciudad de Victoria; hacia el este se extiende la ciudad, y más allá, la cordillera de las Rocallosas, y más allá (mucho más allá), Toronto y Montreal. O sea, mucho, mucho más allá. Calcúlenle mas o menos la distancia entre La Comarca y Mordor. Siendo La Comarca Vancouver, y Mordor Montreal (sin la montaña de fuego). 

Esto se está poniendo un poco confuso, no? Bueno, les hice un mapa de Vancouver al estilo Tolkien para que se ubiquen mejor. Nota: Cuando me di cuenta de que me faltaba una letra apenas terminé de escribir la palabra, me agarré la cabeza, y grité "NO!".


Me pasé como 2 horas haciendo el mapa

Habiendo mar por todos lados, hay playas. Se imaginarán que en pleno enero me la pasé tomando sol en la playa. Bueno, no. Empecemos por el hecho de que es invierno acá arriba. De todas formas, es la única zona de Canadá donde el invierno no es brutal, y cuando digo brutal no exagero. Hubo en las últimas semanas temperaturas de -40°C en Montreal, y si vas hacia el norte, temperaturas por debajo de los -50°C. Por lo que el clima de Vancouver es mucho, MUCHO, más benévolo. Pero eso no viene gratis. Durante enero las temperaturas rondaron los 7°C durante el día, y rara vez pasaron por debajo de los 0°C durante la noche. Comparándolo con los -30°C habituales de Montreal, se imaginarán que estoy más que contento de haber venido para este lado. Pero el precio es el sol. Ohhhh el hermoso sol! Imagínense que un día nublado, sin lluvia, ya es considerado un lindo día. Las pocas veces que uno mira por la ventana y ve un rayito de sol, deja todo lo que esté haciendo y sale corriendo ni bien se recupere de la estupefacción. A veces ni eso alcanza. El lunes pasado me desperté y encontré un mensaje de una amiga, donde me mandaba una foto del sol en Nanaimo (la isla), y me levanté corriendo. Vi el sol, desayuné rápido, agarré los auriculares y los anteojos de sol, y salí a la calle. Por supuesto, ni bien puse un pie afuera con una sonrisa de oreja a oreja, ya se había nublado. No había ni rastro del sol. Me saqué los anteojos de sol, los doblé, y los enganché en el bolsillo delantero de la campera, junto con mi sonrisa.


La costa en Coal Harbour...bajo las nubes
Llegué a la ciudad justamente en Navidad, y después de un día de nieve, y tres más de lluvia, salió el sol un sábado, y el viaje dio un vuelco increíble, pero eso voy a contarlo más adelante. Cuatro días de sol y cielo azul casi impecable, me engañaron cual inocente palomita, y me hicieron creer que el invierno iba a hacer así de hermoso. Desde ese entonces hasta hoy, 29 de enero, vi en total 2 o 3 días de sol. Que ni siquiera fueron realmente días de sol, sino parcialmente nublados, pero cada vez que veía un ligero resplandor dorado y unos rayitos de sol por la ventana, dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo y salía corriendo a pasear mientras durara (por lo general no más de 20 minutos). Ya en la última semana no hubo ni eso. Pero en esos pocos días (o ratitos) de sol, vi una ciudad absolutamente hermosa. 


Kitsilano Beach al frente, y West End al fondo. Detrás, las Rocallosas.

Todos salen a tomar sol

Nota del presente: Ahh mierda, ¡se largó con todo afuera! De hecho, anoche leí que hay alerta por lluvia, lo cual sueña extraño ya que hace 3 semanas que no para de llover. ¿qué tan peor puede ser?

Hoy, al 8 de febrero, tuve dos mañanas con un ratito de sol antes de entrar al trabajo. Juro que fue la primera vez que sentí el sol en la cara en dos semanas, difícil no emocionarse.

Las lágrimas eran en realidad por el frío

Stanley Park
Imagínense caminando por pleno centro Vancouverense, una ciudad grande de 670 mil habitantes en la ciudad, y 2 dos millones y medio con todo el conurbano (Toronto es casi el cuádruple), donde en cada esquina o intersección entre los altos edificios modernos, mirás hacia el norte y ves como la calle baja unos pocos cientos de metros hasta el mar verde, y detrás de este, las enormes montañas de cimas nevadas. Créanme que te importa muy poco todo después de eso. ¿Tu jefe es un pelón mala onda? ¿Hoy tenés que hacer horas extras? ¿Los ridículos precios de alquiler hacen que no puedas ahorrar para las vacaciones? Mira el mar y las montañas y se te pasa. Ese paisaje se repite en prácticamente toda la ciudad. De hecho, a donde vivo yo, estoy a unos 600 metros de la costa norte, donde hay una marina, y a unos 700 de la sur, donde hay una pequeña franja verde que bordea el mar (donde estaba sentado el osito). Estoy también a 800 metros de English Bay, la playa más cercana, y a unos 800 metros de Stanley Park, un parque de 405 hectáreas (sí, 405 hectáreas, 10 veces el tamaño de los bosques de Palermo) con medio millón de árboles, 200km de caminos y senderos, y rodeado de mar. El parque está lleno de patos, ardillas que muerden (ya les contaré la historia), pajaritos que se te paran en la mano, pájaros carpinteros, un sinfín de aves acuáticas, y otras más voladoras, etc., etc. Es realmente muy creíble cuando me dicen que, en verano, la ciudad es un paraíso. 

Costanera de Stanley Park
English Bay con su playa. A la derecha, West End. A la izquierda, el comienzo de Stanley Park.

Hay también muchas cervecerías acá mismo en la ciudad, como Steamworks en la costanera del centro, con (hasta ahora) la mejor IPA de la ciudad y vista al mar; Granville Island ubicada en la isla homónima (y con una cerveza apenas aceptable); Parallel 49 (rica); Stanley Park (no tenían IPA, la Pale Ale zafó); Yaletown, la cual me fue recomendada por un personaje muy muy extraño que conocí en año nuevo pero a la cual aún no fui; y otras que aún no conozco. A su vez si vas al liquor store (los recordarán de Nueva Zelanda), el único lugar donde podés comprar alcohol ya que en los supermercados no venden, hay cervezas de toda la provincia, de todo el país, e incluso muchas de EEUU. Claramente estoy en campaña de probarlas todas. 

No sé si están viendo la vista al mar y las montañas que hay desde la ventana

24 piezas + sopa por 10 dólares. Nada mal.
En cuanto a comida, hay de todo. Acá en el centro hay casi más inmigrantes que canadienses, y no exagero. La proporción sería, según mi experiencia personal, mitad de extranjeros y mitad de canadienses, por lo que se imaginaran que hay restaurantes de todo tipo. Hasta hay una "churrascaría brasileira" (parrilla brasileña) a la vuelta de casa. El sushi es tan barato que comí 3 veces seguidas en 4 días, y pienso volver pronto. Para que se den una idea, te sale más barato comer 24 piezas de sushi más una sopa miso, que un combo en McDonald’s. 

Habrán quizás escuchado que este año se va a legalizar la marihuana en el país. Bueno, British Columbia (la provincia donde queda Vancouver) viene bastante más adelantada. Apenas llegue vi los "dispensadores" de marihuana medicinal, lo cual no es nuevo ya que están por todo el país. Los dispensadores son pequeños negocios legales donde compras como si fuera una farmacia. Para comprar necesitás una receta médica, o pertenecer a un club (aunque hecha la ley, hecha la trampa, muchos venden disimuladamente sin necesidad de lo anterior). Pero un día, paseando por el centro, llegué a la plaza frente al museo de arte, y vi que había un stand en plena plaza, en pleno centro, con varios frascos, a simple vista, llenos de marihuana. Sin el menor reparo. A los pocos días volví a pasar, y había no un stand, sino tres. A la semana había como 7. Ya había a la venta frascos, galletitas, brownies, y demás. Pero esto no termina ahí. Hay también negocios enormes. Cerca del hostel donde viví 3 semanas (pasé por 4 hosteles diferentes en la ciudad), había un local de dos pisos, el Cannabis Culture. En el piso inferior vendían pipas, bongos de vidrio, plástico, industriales o artesanales por artistas locales reconocidos; filtros de aire (soplás por un lado y por el otro sale aire limpio, sin olor); y todo tipo de accesorios y ropa. En el piso superior, hay como un bar y lounge exclusivo para fumar marihuana, donde podés sentarte en sillones y fumar por tu cuenta, o ir a la barra, y elegir entre una enorme variedad (enorme) de aceites de cannabis, y los fumas en unas pipas que están sobre la misma barra. Fui un viernes a la noche y estaba lleno de gente de todas las edades, desde amigos de 20 años, parejas de 30, 40, 50, y hasta sesenta y largos. Después del bar, y al fondo del local, tenés el dispensador, donde encontrás un mostrador grande con más de 30 frascos con diferentes variedades expuestos en la vitrina, cada una explicada por nombre, cualidad, y efectos. También hay aceites concentrados, cremas, jarabes, gomitas onda Mogul, y cosas que ni sé que son.

También hay 24 sucursales de la librería publica de Vancouver por toda la ciudad, lo cual me ayuda a mi problema de comprar compulsivamente libros usados, ya que los puedo tomar prestados. De hecho, ahora mismo estoy en la que queda sobre la calle Denman, sentado en la compu 1018, y de frente a la ventana (por la cual veo agua caer constantemente). 

Quizás hayan escuchado sobre la extrema amabilidad canadiense. Es completamente cierta. Pase lo que pase, te piden disculpas. Te chocan por la calle, te piden disculpas. No llegas a chocarte, pero medio que te pasan por delante, te piden disculpas. Si vos estás llegando a la esquina para cruzar, y ellos doblan y pasan antes de que vos llegues, te piden disculpas por no darte el paso. Hasta me pasó una vez que estaba en el banco y tenía que firmar algo. Agarré una lapicera y cuando fui a firmar se me cayó, el banquero dijo "uh, sorry". O sea, YO agarré la lapicera, se me cayó a MÍ, y él me pidió disculpas. La semana pasada leí en el diario que una pareja quiso asaltar a un hombre en Calgary de noche, pero como su campera no era de marca, se la dejaron, y al irse cada uno por su lado se desearon que tengan una linda noche. Es decir, la víctima a la que le robaron la billetera y casi la campera, les deseó una linda noche a los asaltantes. Canadá señores, donde podés hasta robarle a una persona, quien probablemente te pida disculpas por no tener una mejor campera para darte, y después te agradece y te desea que tengas una linda noche.

En cuanto a la fauna urbana local, hay por supuesto ardillas (aunque con la lluvia se ven mucho menos que en Montreal o Calgary...ah sí, pase por Calgary, ya les contaré); mapaches (aunque en invierno se esconden y aún no vi ninguno) que son un peligro para gatos domésticos y tachos de basura; zorrinos (me crucé uno una noche cuando iba al trabajo); como 10 especies de aves acuáticas como patos, gansos (están por toda la costa y no te tienen el menor temor); bandadas de cuervos que dan miedo (créanme que te sentís en un cuento de Edgar Allan Poe o en Jurassic Park, no sé porque pero cuando paso y empiezan a graznar me recuerdan a los velocirraptors en la cocina), gaviotas que viven cazando cangrejos; cormoranes; colibríes; y un sinfín de pajaritos de colores que desconozco. De hecho hay un festival internacional de aves en Agosto, y pienso ir (www.vanbirdfest.com), el Bird Fest (?). 

Aparte de todo esto, piensen que la ciudad está rodeada por montañas, bosques, islas, y mar, por lo que hay senderos y subidas a las montañas, paseos en ferry, y demás. Hay naturaleza por todos lados. De hecho, la Isla de Vancouver está casi sin poblar, más allá de dos ciudades (Nanaimo y Victoria) y algún que otro pueblito perdido por ahí. Está a menos de 2 horas en ferry, donde podés cruzarte con grupos de delfines y orcas en el camino. La semana pasada camine 5 kilómetros desde el centro de la ciudad, y llegué a Jericho Beach, un lugar paradisíaco y difícil de creer que esté tan cerca de la ciudad. Sólo recordás que está cerca porque allá a lo lejos se ve el contorno de la misma al otro lado de la bahía.


Jericho Beach y el muelle. Salí en shock del muelle.

En resumen, si les gusta el mar, las montañas, la cerveza, la comida, la marihuana, los libros, los animales (especialmente los pájaros), las nubes, la lluvia y la vida tranquila, Vancouver es para ustedes. ¿Suena perfecta no? Bueno, por algo es la tercera mejor ciudad del mundo (sí, del mundo entero) para vivir (www.traveler.es).

Queda pendiente para la próxima, contarles un poco sobre mi último tiempo en Montreal, el viaje en auto hasta Calgary con un desconocido algo extraño, 2 semanas en la casa del curry, una semana en Banff y el frío polar (sospecho que ahí es donde vive Papa Noel), la Navidad menos especial de mi vida, y la llegada a Vancouver, incluyendo los festejos de año nuevo. También tengo que presentarles algunos personajes que van a ser recurrentes, especialmente Philipp y Leon, mis compañeros de casa. Ah, y queda contarles sobre los trabajos. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. 


PD: Hoy salió el sol todo el día, cosa de no creer, y vi una pareja de nutrias. Casi me muero ahí mismo. Las perseguí desde la costa, río arriba por el barro. Valió la pena completamente.


Doble Yapa hoy: Foto y música


¿Vieron las nutrias?




Amo esta canción


martes, 24 de octubre de 2017

Bonjourrrrr!

(pedazo de zoquetes!)

Señoras y señores! Llegó lo que tanto esperaban. Para el bolsillo de la cartera y la dama del caballero! Un nuevo post en The Kiwi Life.


Martes 24 de Octubre de 2017 - Casa, Montreal

Ahhh, el dulce repiquetear de la lluvia en la calle que no me deja salir. Por suerte, Eli es tan cartonera como yo y ahora tenemos sillón.


No, momento, me salteé como 2 semanas de historia. Volvamos atrás.


Veamos, pasaron 3 semanas desde la última vez que publiqué algo, y claramente pasaron varias cosas. Pero vamos a mantenerlo breve ya que no quiero abusar de su tiempo, y todos tenemos series de Netflix a las cuales volver.

Después de un par de días de avistaje de ardillas, paseos por Toronto y un encuentro fortuito con una más que interesante viajera noruega, el miércoles 4 de Octubre me subí a un micro rumbo a Montreal, la cuarta ciudad francófona más grande del mundo, a donde me hospedé temporalmente con estos personajes:

Alex, yo, Roman, Gaby

Alex y Gaby (los dos en los extremos) son los mejores amigos de Clara, y Roman vive con ellos. Los 3 son estudiantes, y me recibieron de brazos abiertos. Clara, a quien conocieron si fueron mi último viernes en Argentina a 1516 (bar), es una francesa que vive hace 3 años en Montreal. Ella tenía dólares canadienses para vender, en su vida se imaginó que alguien en Buenos Aires los iba a querer. Yo quería comprar dólares canadienses antes de venir, en mi vida me imaginé que alguien en Buenos Aires podría tener, ni el Banco Nación tenía. Así nos encontramos en Palermo, y un par de cervezas de por medio más tarde, yo terminé durmiendo en la casa de sus mejores amigos en pleno Montreal, “por unos días”, hasta que me acomodara. Una semana después, seguía durmiendo en su living. Me repartí el tiempo en:

- Buscar casa
- Buscar trabajo
- Explorar la ciudad
- Pasar el rato con ellos 3
- Hablarle a las ardillas

En ese orden de prioridad.

Así encontré al poco tiempo casa, cuyos detalles serán contados en otra ocasión.

El balcón del medio, con la maceta roja

Como decía, por suerte, mi compañera de casa es tan cartonera como yo. El cuarto que alquilé no estaba amoblado, por lo que tuve que dormir en un colchón prestado por ella. En el living no hay sillón, porque su compañero de casa anterior se lo llevó.

En Canadá no hay de los tan amados Recycling Center que había en Nueva Zelanda, esos mágicos lugares donde podías comprarte desde un par de botines a una cama por unos pocos dólares, por lo que comprar cualquier cosa que necesites es un poco más caro. Sí están el Ejército de Salvación y otros negocios de segunda mano, pero nada tan abundante, variado, y barato como los Recycling Center.

Como ya saben, soy de salir a caminar todo el tiempo, principalmente porque no tengo nada mejor que hacer. Al no haber centros de reciclaje como en NZ, la gente acá deja las cosas que no necesita más en la puerta de sus casas, así es normal salir a caminar y encontrarte con muebles o pequeñas cosas en buen estado. Es mas o menos como hacemos en Argentina también, sólo que acá es bastante más común. La semana pasada vi un sillón de un cuerpo a media cuadra. Estaba algo mojado por la lluvia, y le faltaba una pata, pero nos robamos un adoquín y un ladrillo como reemplazo, y lo pusimos en el living. Ayer mientras caminaba por la Avenida Saint-Zotique, vi dos sillones de dos cuerpos en la calle. A la noche los fuimos a buscar, pero como no podíamos inspeccionarlos bien por la falta de luz, volvimos esta mañana. Inspeccionarlos es fundamental!, ya que en Montreal hay un gran problema de insectos, que una vez dentro de tu casa, son más difíciles de sacar que los pantalones de cuero de Ross (ver Friends). De hecho, ahora mismo hay una invasión de vaquitas de San Antonio. Lo gracioso es que muerden a la gente en los parques, así que es todo un tema, está en todos los noticieros.

VAQUITAS DE SAN ANTONIO CARNÍVORAS ATACAN LA CIUDAD DE MONTREAL

Bueno, volviendo al tema, tenemos sillón, y no podemos estar más felices. Ahora tenemos donde leer y donde ver peliculas todo el gélido y aterrador invierno canadiense.

Ya que estamos, les cuento un poco de donde estoy viviendo y con quién. Me mudé al barrio de Rosemont, a 3 cuadras del Parque Maisonneuve, donde están el jardín botánico, el estadio del Montreal Impact (donde juega Pablo Piatti), y el parque olímpico, donde se celebraron los juegos olímpicos de 1976. Es un barrio más bien residencial, super tranquilo. No es el barrio más lindo de la ciudad, pero sigue siendo hermoso. De todas formas si caminas hacia uno u otro lado, te encontrás con zonas mágicas. Lo negativo es que está algo alejado del subte (principal medio de transporte en invierno), y voy a tener que abusar de mi bici, lo cual no va a ser fácil por la nieve. De hecho el día que vine a conocer el depto, tuve que caminar 20 cuadras hasta la estación de subte más cercana, y a la vuelta me agarró la lluvia. El único día hasta el momento en que había salido sin paraguas, fue el único día en que llovió. Y, por supuesto, llevaba puestas mis viejas zapatillas blancas, las cuales tienen un agujero en la suela. Me salió redondo.

Eliana, Eli, es una montrealesa estudiante de arte de 21 años, la misma edad que mis antiguos compañeros temporales de casa, lo cual no me hace sentir especialmente joven. Ayer me miraba al espejo y recordaba lo enojado que estaba cuando aparecieron las 3 primeras canas en la barba. Ahora ya tomaron toda un área del mentón. Eso sumado a que ante cada invitación, a lo que sea, antes de decidir tengo que meditarlo bien, cuando antes era bastante más fácil.

- Facu, vamos a un recital en el centro?
- Dale

- Facu, querés venir a una charla sobre la importancia de la caja de cartón en la sociedad del siglo XX?
- Vamos

Ahora es más complicado:
- Vamos al mercado de la esquina a comprar algo para comer?
- ….mm… hay pan. Estamos bien.

Ahora ya hace más de una semana que estoy en el nuevo depto. Solemos poner música y quedarnos charlando. Una vez ella se puso a pintar y yo me quedé mirando. Después nos agarró el bajón y salimos de noche a comprar comida al super. Nos hicimos unos nachos con salsa y los comimos en el balcón. Pero de vez en cuando sale con alguna idea de ir a algún lado de noche y se me estremece todo el Centro de Gestión de Motivación y Pachorra. De día vamos a donde quieras, ahora, a las 12 quiero estar durmiendo, no me jodas.


Me compré una bici para recorrer mejor la ciudad, y unos botines de segunda mano. Mis ganas de jugar al fútbol van mucho más adelantadas que la capacidad de mis rodillas de hacerlo. Hasta ya conseguí equipo de 7 para un torneo amistoso que empieza este sábado...ya veremos como viene la mano (o la rodilla).

Más allá de eso no hay mucha más novedad. Conseguí casa que era primordial, ya que necesitaba con urgencia poder desarmar la mochila, pero aún sin novedades de trabajo, lo cual es, admito, bastante difícil cuando no hablo el francés. Igual estoy intentando, juro que intento. Siempre que voy a algún lado intento comunicarme en francés, pero siempre tienen algo que acotar o preguntar y me quedo con cara de: “ehhhhh?”. En el subte te avisan de las estaciones en francés. Por ejemplo dice: “Prochaine station París” (léase: pgoshén stación Paguí) y pensás, “listo, la estación que viene es París, entendí bien”, y cuando llegás la estación se llama “Place Des Armes”...no entendí tan bien como creí. Pero va mejorando de a poco, esta semana ya dos personas me preguntaron por direcciones, a un viejo lo mandé a cualquier lado, pero a otro le dije bien. También completé satisfactoriamente la compra de un café:

- Buenos días, un café por favor.
- Oujgourdhuicepantró CREMA auletrateproductwmad?
- Si! Con crema!
- Qué tipo de crema?
- … sin crema.

Orgulloso de mi café sin crema. Tal como lo quería.

Admito que es altamente frustrante e intimidante que todo sea en francés, pero al mismo tiempo le da una vueltita de exoticidad a la ciudad. Onda, voy caminando y pienso: “mírenme, que elegancia la de Francia!”, hasta que recuerdo mis zapatillas agujereadas y se me pasa.

La ciudad en sí es hermosa, eso no se puede negar. Y es super fotogénica, especialmente ahora en otoño, ya que las calles están cubiertas por hojas, y los árboles están verdes, amarillos y rojos. Hay ardillas buscando comida por el piso y correteando cuervos. Hay casas completamente cubiertas por unas enredaderas con hojas de colores, y hay banderas de Québec por todos lados, muchas más que de Canadá (me huele a independentismo). Caminás por calles super francesas y salís a avenidas super anglosajonas, es una mezcla increíble. Hay plazas y parques por todos lados, y en casi todo parque hay canchas de fútbol de 7 y 11 impecables!, es una lástima que nunca haya gente para usarlas. Jebús le da pan al que no tiene dientes y canchas hermosas al que no tiene pelota.

Llegás a una esquina y los autos que vienen en todas direcciones frenan, y esperan a ver para que lado vas a cruzar, aunque aún no hayas llegado a la esquina. Veo perros por todos lados, pero como no sé cuales son las reglas sociales sobre tocar perros ajenos, me quedo quieto a ver si el perro viene por su cuenta. Ahí no es mi culpa, es la del perro.

Uf, mi flatmate hizo unas tostadas francesas para ponerles jarabe de arce. Gloriaaaaa!

No deja de ser una ciudad grande igual, eso es lo único que me choca un toque, pero después ves las ardillas y se te pasa. Me dijeron también que hay mapaches que hacen destrozos en los tachos de basura, pero aún no tuve la suerte de verlos. A pesar del tamaño, hay parques con bosques, y partes del río en donde podés estar vos sólo en medio de la vegetación, meter los pies en el agua, y no ver a nadie cerca. Es decir, podés escaparte un toque de la metrópolis.


  



De todas formas aún me siento bastante turista, y no termino de caer que realmente estoy viviendo acá. Todavía no entiendo lo que está pasando, y en cierta forma hay una parte mía que sigue en Buenos Aires. Tiempo al tiempo, pan al pan, vino al toro. 

Creo que se me hizo algo largo ya. Quedarán más anecdotas para la próxima! Los mantengo informados sobre mi progreso con el francés. Los dejo con una yapa, una ardilla blanca.

Sí, podría haber elegido una mejor foto la verdad



lunes, 2 de octubre de 2017

The Squirrelife. Dia 2 de 365.

Dia 2 de 365 - 2 de Octubre de 2017, Kensington Market, Toronto, Canadá

Si bien recién empieza el segundo día, ya lo cambió todo. Había escrito bastante ayer por el primer día, pero hoy quiero pasarlo rápido para llegar a hoy. Ayer fue un día algo extraño, después de no dormir en toda la noche, me la pasé caminando por Toronto impulsado por la energía de un nuevo lugar y de todas las ardillas que vi (Squirrelife = Vidardilla). Pero lo cierto es que estaba completamente agotado. Fue un día muy largo (doble, no dormí el sábado a la noche). Preparar un viaje así y hacerlo es extremadamente agotador tanto mental como físicamente, y así sin descanso y sin punto de quiebre entre una vida y la otra, entre un mundo y el otro, y todo lo que hubo en el medio, no terminé de entender qué estaba pasando. 

Me acosté antes de las 10 pm y caí casi automáticamente inconsciente. Hoy me levanté 7:15, desayuné y salí a caminar por el barrio hasta que abriera Service Canada donde iba a pedir mi número SIN (Número de Seguridad Social) para poder trabajar. Hoy fue diferente. Hoy empecé acá de cero, es como cuando usas la compu mucho tiempo sin parar (dos días seguido) y a todo culo, la apagás y al día siguiente arranca, carga el Windows de cero y funciona mejor. Algo así fue, hoy empecé de cero acá y hoy pude entender realmente que llegué, y que estoy en Canadá. Me es difícil hablar objetivamente ahora porque todo conlleva un montón de sentimientos. A medida que caminaba por las calles del barrio entre casonas increíblemente hermosas con jardincito adelante quedé absolutamente fascinado. Giré a derecha, giré a izquierda y cada calle era más linda que la anterior. Me paraba en las esquinas a admirar y tuve que aprender a no hacerlo porque cada auto que pasaba se quedaba esperando a que cruce y tenía que hacerle señas para que pase tranquilo. Vi perros, gatos, ardillas, adultos sólos, adultos charlando en una vereda, perros acompañados de sus humanos, chicos en bici, y chicos caminando sólos yendo a la escuela. Vi los típicos micros escolares amarillos de las películas pero en versión bonzai. Vi casas que se notaban eran nuevas y otras viejas que de tan sólo verlas te daban ganas de sentarte en la entrada a leer un libro. “Vení, ponete cómodo, tomá, lee esto que te va a gustar”. Casas impecables y casas venidas abajo y aún así mágicas y maravillosas. Quería comprarlas y arreglarlas todas. En cada casa que estaban refaccionando, me asomaba a ver si lo veía a Jonathan Scott (ver “Hermanos a la Obra” por H&H). Cuadras llenas de árboles y casas del mismo estilo una al lado de la otra. Llegué a una escuela con un parque enorme con canchas de básquet y otras cosas que no llegué a ver porque no podía parar de mirar los aros y las redes. No pude sacar ninguna foto. Estaba como en un trance, conectado con todo lo que veía, con un mundo nuevo y no quería romperlo, no quería dejar de mirar cada detalle de cada cosa que tenía al alcance de la vista. 

Por primera vez me sentí realmente en Canadá. Cuando me alejé del centro, de las torres, de lo turístico y me adentré en lo real. Me ponía y me sacaba los anteojos de sol según si quería ver bien todo, o si la cara se me torcía por las sensaciones que me afloraban de adentro y no quería que la gente viera ni mi cara de asombro, ni los ojos llorosos, ni otros gestos incontrolables. La diferencia entre ayer y hoy es la misma de cuando ves a una persona hermosa, y cuando te enamorás. En nada, en una noche de diferencia, en una caminata de 45 minutos por un barrio cualquiera de Toronto, pasé de ver una ciudad nueva, un país nuevo, una cultura nueva, un mundo nuevo, a ser parte de él.

Llamé a un gato que no se acercó, toqué la reja baja de una casa para sentir que realmente estaba ahí, nos miramos a los ojos con una ardilla negra por un buen momento y después me vino a investigar más de cerca, yo encantado. Vi un perro negro hermoso y peludo atado a un árbol en la puerta de la escuela pero no me animé a ir a abrazarlo y tocarlo como quería porque no se como son las reglas sociales acá sobre los perros ajenos, y no quiero molestar a nadie. Por eso ya no me paro en las esquinas a boludear, y ni siquiera cruzo la calle aunque no haya autos en cientos de metros a la redonda hasta que el muñequito no se ponga en blanco. Agradezco a todos los que me dejan pasar aunque no haga falta. Es todo tan “perfecto” que da miedo tocarlo a ver si se rompe. No quiero hacer nada que pueda perturbar el balance perfecto. Da la impresión de que la amabilidad es más fuerte que el mal humor o las ganas, porque me crucé gente divina y con buena onda, y otros que no tenían un buen día, pero que al bajar la escalera mecánica del subte entre el aeropuerto y la ciudad vieron que llevaba una mochila y se acercaron para decirme que daba lo mismo el andén izquierdo o derecho porque ambos iban hacia el este. Yo de mal humor evito a la gente, ella de mal humor pensó que quizás un mínimo de información podía serle útil a un viajero desconocido. Aunque por ahora abrí varias veces el mapa y nadie vino a preguntar si necesitaba algo (punto para Wellington). Pero...ardillas (punto para Toronto). Welligton 1 – Toronto 1.



No quiero parar un segundo. No quiero quedarme más de lo mínimo indispensable en el hostel o en el cuarto. Miro por la ventana y es como estar sentado al pie del árbol y ver por el agujero el País de las Maravillas, querés saltar ya y rascarle la barbilla al gato (es raro, pero sigue siendo un gato). Quiero caminar por cada calle que veo, doblar en cada esquina, tomar un café en cada café, una cerveza en cada bar, quiero comer en cada puesto callejero, quiero subirme a cada edificio y mirar el paisaje, quiero hablar con cada persona para que me cuente su vida, quiero chamuyarme a cada mina que veo, quiero acariciar a cada perro que veo (eso no es nuevo igual), quiero todo, quiero cada cosa, no quiero parar. Viajar es como una droga, y es igualmente adictivo.

No sé aún que voy a hacer mañana. Qué digo? No sé ni qué voy a hacer después del mediodía. Lo único que sé es que esta semana me voy para Montreal, Toronto se me hace muy Auckland y por eso quiero escaparle rápido. Estoy seguro que hay ardillas por todo el país. Le agregaría a wikipedia la densidad de población de ardillas por ciudad, así me ayuda a decidir a dónde quiero ir a continuación. Admito que estoy obsesionado con ellas. Las quiero adoptar a todas.




Esto recién empieza. Día 2 de 365. En Ardillalandia

Los dejo con algunas fotos de ayer.

La primera vista de Toronto ni bien salí del subte. 

Downtown Toronto. el Centro.

Waterfront. Parte de la costanera.

Era obvio que le iba a sacar fotos a los pájaros locales. Acá un pato y una gaviota debatiendo sobre la pesca del día.


Otra parte de la costanera

jueves, 17 de agosto de 2017

Six ans

Hoy estoy de muy buen humor. De tan buen humor que hasta quizás les cuente algo muy importante. De tan buen humor que voy a dar vueltas antes en vez de contarlo directamente, como suelo hacer. Pero, para que no hagan trampa, no va a estar al final, sino que van a tener que leer todo para darse cuenta.

Hoy es un día precioso. Sol, calorcito, como si fuera primavera. Amo la primavera, me cambia completamente el ánimo, asique va a ser una lástima que no esté acá para disfrutarla. Bueno, en realidad tengo 9 días y medio de primavera, y pienso aprovecharlos al máximo. Hoy también lo aprovecharía, pero como estoy terminando de recuperarme de una suave, suave gripe, prefiero guardarme un par de días más. Por lo menos miro por la ventana y me imagino jugando afuera en el pasto. Eso suena más triste de lo que pensé. Sigamos adelante.

Cada tanto me gusta pensar en efemérides propias, o sea, que estaba haciendo un día como hoy hace X cantidad de años. La memoria no es mi fuerte, así que esa X no puede ser más que 6 o 7. Y qué casualidad, justo quería hablar de Agosto del 2011! (X=6)

El 17 de Agosto del 2011 me encontraba en Auckland, en mi catorceavo (14°) día en Nueva Zelanda. Era miércoles, un día soleado pero algo fresco (máxima 11°C). Para esa altura estaba empezando a darme cuenta de que todo era real y no parte de un hermoso sueño que iba a terminar ni bien me despertara una mañana en Buenos Aires para ponerme la camisa e ir a unos de los peores trabajos que tuve en mi vida, CTM. Igual cada mañana temblaba un poquito antes de abrir los ojos, y suspiraba aliviado al ver ese pequeño cuarto sin ventanas del hostel aucklaniense (?). Las dos semanas anteriores consistieron básicamente en pasear todo el día, y salir toda la noche (o lo que se entiende por toda la noche en NZ. Todo cierra a las 3.30 am). Ya era hora de empezar a decidir que iba a hacer, si alquilar un depto ahí mismo con algunos amigos que conocí al llegar, o si acudir al llamado de Naty que me esperaba en Wellington. El deseo de una nueva aventura fue mayor, y así a los dos días me decidí y saqué los pasajes para la capital kiwi.




Se habrán dado cuenta que esto supera en creces la capacidad de mi memoria, acudí al post del 19/8 de TKL. (Consejos de supervivencia en Auckland ante la falta de trabajo).

No sabía absolutamente nada de lo que me esperaba ni en Wellington, ni en el resto del viaje. Recuerdo esa sensación de ser el recién llegado y el encontrarte con gente que ya llevaba mucho tiempo ahí y preguntarles todo lo que se te podía ocurrir. Hoy, ya habiendo pasado todo, y hace mucho tiempo (no llores Facundo), puedo adelantarles un poco que pasó.

Sí, ya sé que saben todo lo que pasó. La mayoría de ustedes ya leyeron todo The Kiwi Life antes, pero!, pero, estoy seguro que no lo releyeron 100 veces desde entonces como yo lo hice (No llores Facundo).

En Wellington encontré un lugar que ni en mis mejores sueños utópicos podría haber imaginado. Aún recuerdo esa fría, fría mañana cuando Nati se suponía que tenía que irme a buscar a la estación de tren porque yo no sabía el camino (ni la dirección de la casa), y me hizo esperarla 40 minutos (ella vivía a 15 min de la estación, yo viajé 11 horas y llegué a tiempo). Llegué a la casa, y fui conociendo a mis futuros flatmates (pronúnciese “flátmeits”, compañeros de casa). Y cómo olvidar al chileno ilegal que los estafaba y hablaba como cubano! Duró poco igual, al poco tiempo desapareció sin dejar rastro e hizo que nos convirtiéramos en CSI por unos días. Wellington fue una de las etapas más maravillosas de mi vida. Toda la gente de esa casa era...no quiero decir loca, pero no me sale mejor palabra….particular? Puede ser. Tanto como yo por lo menos. En la ciudad del viento lavé platos cual pulpo supersónico, vi algunos partidos del Mundial de Rugby, estuve en los festejos cuando lo ganaron los All Blacks (sorpresa, sorpresa), paseamos mucho, y amé la vida como nunca. Pero, era un viaje, no me iba a quedar para siempre ahí.




Y así partí al sur. Cruzamos en ferry, manejé en estado total de pánico por el lado contrario de la ruta y con el volante del lado opuesto al borde de un precipicio. Hundí mis pies en la arena de la playa más hermosa que ví hasta ese momento, perdí mi billetera 2 veces y me fue devuelta llena ambas veces por la policía, me compré una camioneta vieja, pasé unas navidades épicas con los Miles y el Gordo en Nelson, hicimos road-trip, nos instalamos en Cromwell. Jugé al fútbol con Vanuatus (dícese de las personas nacidas en Vanuatu. Es un país. En serio), me comí la mitad de la producción anual de cerezas de la empresa donde trabajaba, hicimos el mejor road-trip de la historia con el Gordo, Kozué (japonesa), y Ben (inglés) en la camioneta. Y llegamos a Motueka para disfrutar de los últimos dos meses del verano. Que se extendieron hasta pasado el invierno. Junté manzanas cual mono araña, jugué al fútbol en el equipo de la ciudad cual J. R. Riquelme (sí, así de malos eran todos), exploré toda la región a más no poder, tuve un romance con una kiwi más grande que yo y mamá de una nena de 9 años a quién bañé en gasoil por accidente una vez mientras le llenaba el tanque a la camioneta, fui extra en el Hobbit y me sentí Elijah Wood por unos días, casi muero en la explosión de una cocina (eso fue en Wellington pero me olvidé de ponerlo antes), hice amigos y más amigos, y más amigos. Me senté en el “porche” trasero para ver mil atardeceres, escuchar mil canciones, tomar mil cervezas, y charlar una y otra vez con todos los compañeros de casa.


And the sign said "long haired, freaky people...need not apply"


Fui feliz! Cada día era un regalo. Cada mañana me levantaba y era feliz tan sólo de despertarme ahí (igual mi cara y mi humor reaccionaban unos 45 minutos más tarde, pero la alegría interna ahí estaba). Todo tiene un fin, y ese viaje también lo tuvo. En cierta forma, en cierta otra no.

Volví a BA. Me perdí, me desoriente, me deprimí, me confundí, me recibí, me operé la vista, y me fui de vuelta. Brasil…..na nara nara nara naaaaa♫. Pelo afro, zunga negra, ojotas hasta para salir a pasear, más brasilero que los brasileros. Río, calor, samba, baile, morro, subida, bajada, monos, tucanes, más monos, coixinhas de frango, capirinhas, más caipirinhas, aún más caipirinhas, bondinho, fuchibol, Santa Teresa, ey Valderrama! (así me decían cuando jugaba al fútbol), playa, mar, vistas increíbles. Río básicamente.



Carioqueamos un poquito por aquí, carioqueamos un poquito por allá, y también argentineamos bastante, obvio. Mundial! Alemania-Portugal y Francia-Suiza en Salvador de Bahía. Reencuentro con los Miles también en Bahía y deseos desesperados de que meterme en sus valijas y volver con ellos a Nueva Zelanda. Argentina-Suiza en São Paulo, y los demás en la playa de Copacabana. Salvo el 7-1 de Alemania-Brasil que lo vi en el hostel con un gran grupo de brasileños (mezcla de lástima y risa, lastirrisa)

Otro hostel! Pero esta vez uno propio. Nos mudamos. Favela, Vidigal, açaí con granola. Pintura, pintura, dios tanta pintura. Renovación completa, compras, reequipar. Sistemas, trabajo. Dios cuánto trabajo! Abrimos. Un éxito. Reveillon en Copacabana (Fiesta de año nuevo. Todos de blanco. Playa, fuegos artificiales. Una locura). Carnaval. Más éxito. Mucho trabajo. Muchísimo trabajo. Sin descanso, sin paseo. Sin descanso y sin (Santa) Teresa, Facu pierde la cabeza. Visita materna, una muy necesaria. 1 semana de luz en Ilha Grande. Visita de Euge. Robado por la policía militar. Amenazados de muerte por la Policía Militar. Parado sobre una roca. A un paso del precipicio. Abajo más rocas, mar. Atrás un policía con rifle diciendo que me va a empujar. Chau Facu? No, no, aún hay Facu para rato. Ayahuasca. Ayahuasca de nuevo. Ayahuasca una vez más. Ayahuasca una última vez. Explosión de cabeza. Resolución de mil asuntos pendientes. Nuevo Facu. Hola nuevo Facu! Río ya no me hace feliz. Chau Río.


Despedida de Río


Hola Buenos Aires! Buen laburo, Córdoba, Corrientes. Visita de holandesas conocidas de Río. Renacer de un viejo “enamoramiento”. Visita de los Miles, bajada de caña sin códigos (valió la pena). Nuevos sobrinos y sobrinas. Amor por ellos. Adiós Tomi, nunca pensé que una bolsa de pulgas amarilla podía tocarme tanto y dejar un hueco enorme; por suerte estuve acá y no lo sufrí a la distancia. 

Pero ya no soy el que era cuando me fui allá por el 2011. Viajar te cambia. Para siempre. No tenés idea cuánto. No sólo vos, la gente más cercana también; mis viejos. Hola nuevos viejos!

Es la primera vez en mi vida en la que realmente soy feliz con quién soy y en quién me convertí. Los dos viajes fueron extremadamente diferentes. Pero si hay algo que aprendí, es que aún tengo más viajes por delante. Mil aventuras más. Da tanto miedo. Pánico, cada vez que me embarco. Pero más miedo me da no embarcar y no seguir haciendo lo que me hace feliz, lo que me llena. Años de confusión. A dónde voy? Qué hago? No sé. No sé. QUÉ HAGO???? Meses de investigación, miles de opciones. DESESPERACIÓN. Esta, es esta, algo en el fondo de mi alma me dice que es esta. Pedido de visa. Error, no sale. Pedido de nuevo. Miedo. Aprobada. Más miedo. Más tranquilidad también. Igual no me voy hasta dentro de un año. Y el año se pasa rapidísimo. Un año. 10 meses. 8. 6. Ya? Medio año? En serio? No, no caigo. 4. 3. 2. 45 días. 43 días, y acá estamos.

Sí. En 43 días me voy de nuevo. Exactamente a donde quiero ir. Exactamente a donde quiero pasar mi próximo año. Suena irreal. Hace más de 6 años que no me siento así. Hace más de 4 que espero algo así. Y la incertidumbre fue siempre lo más difícil. Quizás suene estúpido, pero no tienen idea lo que fueron esos años de espera. Y ahora está al caer. Soy yo el que todavía no caigo. 42 días, 21 horas. 42 días, 20 horas, 59 minutos.

Sí. Me voy de nuevo. Pánico. Felicidad.


Algo de música para ayudar a digerir la noticia.




viernes, 1 de abril de 2016

Amo los aeropuertos


Amo los aeropuertos, amo viajar, amo... bueno, ya todo eso lo saben. Pero es cierto, los aeropuertos me generan algo increíble. Sea yendo a un lugar nuevo o volviendo a uno viejo, me siento como un nene a las 11:55 pm del 24 de diciembre. Y así, extraño ese sentimiento el resto del año. Por eso, para que yo sea feliz quedándome en un lugar, tiene que ser un lugar que me enamore cada día. Tiene que ser un lugar que al despertarme y recordar que estoy ahí, sonría a pesar de tener los ojos secos e hinchados, y de tener el usual mal humor que me acompaña cada mañana (y sólo los que vivieron conmigo saben la magnitud de mi mal humor mañanero). Tiene que ser un lugar que cada día me empuje a salir, y a sonreír por el sólo hecho de estar ahí.

Desafortunadamente, Río de Janeiro ya no hacía eso por mí, y por eso decidí irme. Se imaginarán que no fue una decisión fácil, pero hace tiempo que aprendí a escuchar lo que mi corazón tiene para decir, y el mensaje ahora fue claro. Eso me llevó a cada experiencia increíble de mi vida, nunca se equivocó, y cuando las cosas no salieron bien, fueron justamente porque no lo supe escuchar.

Así en dos días decidí irme. Un lunes a la mañana lo decidí, un martes a la noche me subía a un avión. Rápidamente tuve que elegir que traía conmigo y que no, ya que todo lo coleccionado durante un año y medio, y una pasada por Buenos Aires no entraba en mi valija. Tuve que correr a cerrar cuentas bancarias y teléfonos. De pronto vi que todo lo que estaba haciendo, cada lugar por donde pasaba, iba a ser la última vez que lo hiciera en quién sabe cuánto tiempo. De pronto vi que ese lugar que supo ser mi hogar, y esa gente que supo ser mi familia, mis amigos y mis compañeros de trabajo quedaban ahí y no entraban en la valija. Me estaba yendo sin saber exactamente a dónde, sólo sabía que me iba y que estaba cerrando una etapa gigante en mi vida, sin tener idea de cómo iba a ser la siguiente. Una charla inesperada con una persona increíble que conocía hacía poco, mientras comíamos unos "pão de queijo" con "açaí" en mi barcito preferido, en mi barrio preferido de Rio de Janeiro, me hizo darme cuenta qué tengo que hacer. Era obvio, siempre lo fue, sólo que durante mucho tiempo elegí no escucharme a mí mismo.


Aterricé en Buenos Aires y decidí tomarme un tiempo para descansar (merecidamente) y disfrutar de la familia y los amigos. Llegué un jueves y la ciudad (o mejor dicho su gente) me recibió de la mejor manera que podía recibirme, y así supe que había hecho bien.

Realmente no sé qué va a pasar, ni cuándo. No sé cómo me va a salir todo, pero sé lo que quiero y voy detrás de ello, así, sé que todo va a salir bien. Elijo una vez más el camino de lo impredecible y de seguir mi instinto, y me encanta.


En Buenos Aires hasta próximo aviso.


Rio de Janeiro



Largo do Curvelo, Santa Teresa
Largo do Guimarães, Santa Teresa



Açaí con Granola
Largo do Guimarães con Rian

Nati Limão






Buenos Aires



viernes, 6 de febrero de 2015

Flashback 8 meses, toma II


Hoy me puse a leer artículos viejos del blog y me encontré con uno en especial “Flashback 8 meses”. Esa actualización la escribí el 30 de marzo del 2012, en mi entonces casa de Motueka, a una semana de cumplir 8 meses en Nueva Zelanda.

Puedo decir que el timming es impecable, ya que hace casi una semana cumplí 8 meses en Brasil y, además de eso, en las últimas semanas vine llorando por los rincones por nostalgia de NZ.

No tenía pensado hacer un resumen del viaje hasta ahora, pero creo que estaría bueno hacerlo, ya que serviría de una comparación que en realidad no quiero hacer, pero que de todos modos siempre estoy haciendo.



05 de febrero de 2015, 11:55 am – Recepción del Hostel Favela Experience Vidigal, Rio de Janeiro

Flashback 8 meses, toma II

Este es el segundo viaje de mi vida y, como tal, las circunstancias y expectativas al comienzo del mismo fueron muy diferentes al primero. En el primero mi viaje se dio por muchas razones puntuales: el descontento total con mi vida en Buenos Aires, mi sentimiento de estancamiento, la falta de fuerzas para cambiar tantas cosas que necesitaba cambiar, una necesidad imperiosa de un cambio de ambiente total para descubrir quién era yo realmente (y eso daba miedo, mucho miedo) y principalmente, para cumplir un sueño.

Si tengo que explicar mis razones de por qué vine a Brasil, son a la vez más simples, y más difíciles de encontrar. En primer lugar, continuidad al primer viaje. Éste había dejado un saldo 100% positivo en todos los aspectos posibles de mi vida, y sabía perfectamente que tenía que continuar, dar un paso más al vacío. Por otra parte aún no había podido terminar de procesar lo que había sido el primer viaje, había cosas que estaban dando vueltas dentro de mí que aún no había podido ordenar. En el primer viaje me había encontrado a mí mismo, libre de todo, libre de poder ser yo, con mis aciertos y defectos, y de estos últimos aprendí mucho para mejorarlos y mejorarme. Pero al volver a la Argentina me perdí de nuevo, fue un golpe durísimo y no pude tomar todo eso que había aprendido, perdí mi libertad, y me perdí de nuevo. Por eso necesitaba volver a salir, y así lo hice.

Vale aclarar que en realidad vine a Brasil por el mundial sin saber que iba a pasar a continuación, sin idea de quedarme, irme, volver, nada, no lo sabía, entonces tampoco tenía claras mis expectativas. Sólo tenía la idea de seguir viajando por Sudamérica con Ben.

También tengo que admitir que en Nueva Zelanda fui feliz como nunca lo había sido, y quise repetirlo acá. Lo cual no está tan bueno, ya que vine con unas expectativas gigantes, intentando llenar una mochila muy difícil de llenar, tanto por el lugar a donde vine, como por ser el segundo viaje, y no ya el primero, y créanme que hay un abismo de diferencia entre uno y otro.

Basta con ver las entradas de un diario personal que venía llenando una vez cada tanto, para darse cuenta que nada del viaje llenaba mis expectativas. Arrastraba aún una confusión enorme, no sabía que quería y, sea lo que fuere, no lo estaba encontrando. No me maravillaba con un mundo nuevo, mi cabeza no sólo no se aclaraba, sino que se confundía aún más a la sombra de unas expectativas inalcanzables y una nostalgia que no daba tregua. No llevaba un mes acá que ya quería dejar todo e irme a Nueva Zelanda. Fue peor aún cuando me tuve que despedir de Trace y Chris después de encontrarnos en Salvador.

Volver y establecerme en Río fue al comienzo una bocanada de aire muy necesaria. Fue mucho más cercano a lo que estaba buscando y lo disfruté, muchísimo. La vista se me aclaró, y comencé a verme un poco más. Todo esto fue para la época del mundial, cuando conocí mucha gente, me hice de muchos amigos y con ellos iba de acá para allá. Se acercó mucho al gusto dulce que me había quedado en el paladar antes.

No duró mucho, quizás lo necesario para salir de esa confusión y volver a mi camino. Después de eso todo se complicó un poco, pero esa complicación derivó en el proyecto de Favela Experience.
Arraial D'Ajuda
Este proyecto es, antes que nada, un desafío enorme. Algo totalmente nuevo en un mundo que no lo era, y eso también lo estaba necesitando. Me dio una oportunidad de enfocarme en un plano en el cual aún no había ahondado. Nueva Zelanda fue un viaje cuyo enfoque fue lo personal, yo mismo como persona, un descubrimiento de quien soy, mis filosofías, mis sueños, y que quería hacer con mi vida. Esta nueva etapa del viaje a Brasil daba un enfoque en lo profesional.

Hubo un hecho en particular cuyo enfoque se volvió de nuevo a lo personal, y eso fue la experiencia con la ayahuasca, la cual ya describí en la pasada actualización.

¿Qué aprendí en este viaje? El aprendizaje y crecimiento fue mucho más lento y en menor cantidad, pero eso es entendible. El viaje anterior había sido una mesita, una escalera para llegar a donde estoy hoy, y ahora estoy revisando lo que está a mi alcance. Sabía que Brasil no es Nueva Zelanda, y aún así me amoldé y me adapté a una realidad diferente. El ritmo de este viaje fue, hasta ahora, mucho más lento en cierto sentido, y mucho más frenético en otro, creo que los sentidos opuestos a los que yo quería. Fue lento en donde lo esperaba dinámico, y fue frenético donde lo quería tranquilo. Si esperaba encontrar un Nueva Zelanda en Brasil, estaba condenado a fracasar, y creo que ese fue mi mayor error.

Sí, la realidad de mi viaje actual está muy lejos del anterior. Desde el comienzo, este, me costó mucho mas, en el otro todo había fluido a un ritmo increíble.

Como siempre dije es muy difícil analizar las cosas desde adentro, donde el panorama es muy limitado, pero estoy seguro que todas las dificultades y frustraciones de este viaje son algo necesario, de lo cual también estoy aprendiendo sin darme cuenta. Me estoy endureciendo en donde era blando, me estoy haciendo fuerte donde era débil y hasta estoy viendo que puedo ser fuerte en esas cosas donde antes no sabía si podía serlo.

En un viaje los mensajes y comunicaciones con mi mundo porteño eran casi todos de felicidad absoluta y las actualizaciones del blog estaban contagiadas de eso. Describí un mundo increíble tal como lo vivía y lo sentía. Trasladé mi enamoramiento a otras personas a través de los textos. En mi blog hice de Nueva Zelanda un paraíso terrenal, porque fue así exactamente como lo percibí, e hice de mi viaje una experiencia maravillosa, porque así lo sentí.

En este viaje cerré el blog porque no pude plasmar eso, porque no pude percibirlo. Pero creo que este viaje es tan necesario en mi vida como fue el anterior. Es un camino más empinado y menos vistoso. El disfrute es menor, pero confío en que el aprendizaje y crecimiento sea en los aspectos y cantidades que estoy necesitando, después de todo se aprende más de los errores y las experiencias difíciles que de las buenas. Y quizás eso sea Brasil para mí.

En los tiempos malos de mi viaje anterior también me era difícil ver lo bueno que sacaba de ello, pero con tiempo lo podía ver, una vez pasado el mismo.

Es momento de darle una pequeña virada. Como ya dejé claro, no gozo de Rio como sí gozo de otros lares, sé por ello que Río es una etapa temporal, y que no voy a vivir acá. En el último mes sí aprendí muchas cosas. No es fácil poner un negocio propio con dos personas que conocés poco. No es fácil cambiar esa forma de trabajo de empleado, de cumplir horario y cumplir con lo básico sólo para terminar e irte a casa a disfrutar del dinero que ganaste, a llevar adelante tu propio emprendimiento. Es agotador por demás. Pero al mismo tiempo ver cómo crece y ver como a la gente le encanta lo que vos hacés es más que reconfortante.

Creo que la diferencia se da en que el crecimiento y aprendizaje de este viaje, se da en un aspecto de mi vida que es menos prioritario, para mí, al que tuve en el viaje anterior, entonces se siente menos. Pero no por eso es menos necesario. Son dos caminos que conducen a un mismo lugar, dos aportes que confluyen al final en lo mismo, por lo que, tarde o temprano, necesitaba pasar por esto. Los aportes de los trabajos a mi carrera que hice en Nueva Zelanda fueron mínimos, acá son por lo menos trascendentales y por eso estoy aún acá.

Sé que estoy donde tengo que estar, y haciendo exactamente lo que debería estar haciendo, y quizás aún ese enfrentamiento constante con la nostalgia es necesario para un crecimiento, y es una batalla diaria. Hace poco escribí una actualización que aún no sé si voy a publicar, en donde decía que la felicidad no depende del dónde, ni del cuándo, sino del cómo, y ese cómo depende de nosotros. Cómo vemos, cómo percibimos, cómo nos tomamos las cosas. Ese es un cambio mental que aún necesito completar.





Yapas

 - Este es el post anterior al que hacía referencia: "Armóse" (Busquen el segmento "Flashback 8 meses") (si no pudieron entender como llegar al post anterior, hagan click sobre "Armóse") (no, sobre ese "Armóse" no, sobre el primero que está en azul) (sí, ese)

 - El aporte musical del día:

Hay una canción que tiene el curioso efecto de transportarme a un momento pasado, en otro lugar. Si leyeron las "Musicologías" verán que eso no es extraño, lo extraño es que esta canción toca y remueve recuerdos con los que nunca tuvo contacto alguno. Me lleva a momentos que pasaron años antes de escuchar esa canción por primera vez. Es una canción hermosa, de un músico increíble, con un toque hipnótico. De hecho, es difícil que no te lleve a otro lugar.