miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cierre de año


Hoy hice algo que hacía rato no hacía. Salí a correr (no me refería a eso), y gracias a la muerte auto diagnosticada de mis gemelos, me senté en el posto 9 de Ipanema a tomar un agua de coco. Y me quedé tranquilo pensando (a esto me refería). La noche estaba calurosa sí, pero corría un vientito de mar hermoso.

Este 2014 fue un año loco, increíble pero loco. Si me pongo a pensar todo lo que pasó, y lo cuento, hay cosas que nadie las creería. Fue un año increíble, pasaron cosas que marcaron mi vida. Y no me refiero al mundial, eso fue probablemente lo de menos.


Sé, y sabía que estaba mal comparar, pero me era muy difícil no comparar este viaje al anterior. El comienzo de Brasil no fue lo que esperaba en lo más mínimo. Nueva Zelanda empezó con todo, todo era nuevo, todo era increíble, y lo “peor” fueron los últimos meses. Acá Brasil empezó complicado. Durante los primeros meses llevaba un diario, y todas las entradas coincidían con momentos bajos. Eran más de descarga que otra cosa, estaba total y absolutamente confundido. No sabía qué hacer con mi vida, no sabía que hacía en Brasil, el dinero que tenía no me iba a alcanzar para sobrevivir a la copa del mundo, y encima todavía no había cerrado, en lo personal, la etapa de NZ.

Por esto me refiero a que no había terminado de procesar todo lo que había pasado y los cambios en mí. Tenía un estado de confusión total. No sabía si seguir viajando, si volver a Buenos Aires, ni qué hacer con mi vida si en definitiva hacía eso.

Pero todo eso era necesario, sólo que muchas veces, uno no lo ve en el momento. Todo se ve mejor a la distancia, con mejor panorama. Y si bien en todo ese momento todo era difícil y hubo que remarla muchísimo, hoy al final del año veo que fue todo como tenía que ser.

Hay dos palabras que me llevo de este año: crecimiento y aprendizaje. Sé que voy a pasar mi vida entera con ellas, y eso es lo que quiero! No hay edad para ello. Nunca se es demasiado viejo para crecer y aprender, así como la juventud no implica que aún nada se haya aprendido. Yo puedo decir con toda seguridad que crecí más y aprendí más de lo que lo hubiese hecho quedándome 10 años más en BA.

Lejos de casa no tenés esa seguridad que te da el estar cerca de tu gente. Cualquier paso en falso puede ser caída y golpe, no siempre tenés alguien que te agarre. Y aún ya caído, no siempre tenés alguien que te de la mano para levantarte, pero a veces sí, a pesar de la distancia. Fui conociendo gente, fui haciendo amigos. Fueron parte de mi año, y sin duda lo serán el año próximo (y el siguiente, y el siguiente…).

Fue un año durante el cual, como dije antes, hubo que remarla muchísimo. Tuve que trabajar de noche en un trabajo que terminé odiando para poder pagarme una cama en un cuarto compartido en un hostel, y comida. Viví un mes en ese lugar, sin dormir, ya que volvía de trabajar a las 8 am, y al ser el cuarto compartido, siempre había alguien entrando, saliendo, haciendo ruido. Me acostumbre a no dormir, o a dormir algunas horas por día de forma interrumpida constantemente.

Es curioso como muchas cosas se van dando. Yo llegué a Brasil sin planes, ni dinero, ni nada. Agarre mis pocas pertenencias, las puse en un pañuelo rojo, até el pañuelo a un palo de escoba, y me fui de la vecindad.

En el Mirante Dona Marta con Rodri
Rodri llegó a Rio también sin planearlo, por seguir a alguien. Los dos caímos en el mismo hostel de casualidad, con algunas semanas de diferencia. A dos casas de ese hostel, vivía un tal Adam. Sin planearlo nos encontramos con un proyecto que causó una sociedad, y no al revés. Fue una sociedad espontánea y no hubiera salido mejor si la hubiéramos planeado.

No nos juntamos los tres y planeamos crear algo juntos, apenas nos conocíamos. Apareció un proyecto, Adam consideró que Rodri y yo eramos las personas indicadas para acompañarlo, y así nos largamos. Una vez más dejamos todo, incluyendo los trabajos que teníamos y nos la jugamos. Si bien nos conocíamos, no nos conocíamos tanto. Sólo hacía unos pocos meses que nos habíamos visto por primera vez, y creo que ninguno sabía que esperar del otro.

El universo nos juntó a base de “casualidades” y nos dio algo tan hermoso como este proyecto en el que estamos trabajando. Un proyecto entre socios, y ahora puedo decir, amigos. En un comienzo pensamos que la diferente procedencia, historia, y estudios de cada uno nos iba a dar visiones y capacidades diferente, y no podíamos estar más en lo cierto. Cada uno de nosotros tiene un tipo de inteligencia diferente. Hay situaciones en las que Adam encuentra la solución perfecta que ni Rodri ni yo hubiéramos pensado. Hay problemas en los que soy yo el que da en el clavo y lo resuelve. Y otros en los que es Rodri el que nos saca la papas del horno. Y lo mejor de todo, es que son buena gente y hay respeto y comunicación constante ante todo. Somos tres personas metidas en esto, hay opiniones dispares, pero como el objetivo de los tres es el mismo, no es la persona más fuerte la que gana, sino la mejor idea. No hay una persona más “fuerte”, ni hay ninguno que tire para su propio lado. Las diferencias que surgen, se arreglan tan simple como con una crítica y una charla. Los tres sabemos que toda crítica es constructiva y que sólo está hecha para ayudar a mejorar.

Así festejamos la noche en que cerramos el trato.

Los tres salimos de nuestros países sin más que una mochila y deudas. Hoy tenemos un proyecto en marcha sin más techo que el que podamos ponerle nosotros, y a nosotros nos gusta el aire libre. Juntos nos deslomamos y convertimos un edificio viejo, algo abandonado, y con una gestión tan pobre que haría llorar a cualquier hotelero (o persona con sentido común) en un espacio cómodo, lindo y agradable.

Y el hostel está acá, el resultado se ve. Y eso lo logramos juntos. ¿Lo más importante de todo? El hostel no es el proyecto, el hostel es tan sólo una parte del mismo. No sabemos qué cosas van a venir en el futuro, pero sabemos que venga lo que venga, lo vamos a enfrentar y vamos a seguir adelante con esto. El hostel es un escalón, importantísimo, es la base de todo, pero no lo es todo.

Este año fue enorme, y recién ahora lo veo. Cerré una etapa de confusión de un año y medio post-NZ. Procesé todo al fin, entendí lo que fue el viaje, entendí lo que significó para mí, y ordené en mi cabeza toda la información que recibí, sobre la vida, sobre el mundo y sobre mí. Aprendí que mi mamá tenía razón cuando de chico me decía que  yo podía ser quien yo quisiera ser. Todas las barreras que tenía me las ponía yo mismo, o dejaba que una pequeña cerca en el camino fuera un muro alambrado con torres vigías. Todas esas limitaciones propias estaban puestas por mí. Todos tenemos la capacidad de ser lo que querramos, pero no todos estamos dispuestos a dejarlo todo por ir a buscarlo, o de esforzarnos para conseguirlo.

Viví una de las cosas más internamente reveladoras y cambiadoras de mi vida como lo fue el ayahuasca, algo para lo cual aún no tengo palabras, pero que a todos recomiendo que hagan. Te cambia la vida, te cambia la perspectiva del mundo y de todo lo que nos rodea, y te cambia la visión sobre vos mismo. No hay vuelta atrás. De todos modos, ¿quién la querría?

Me recibí también, al fin. Después de años de estudios y de postergarlo, al fin terminé un ciclo. Y sí, me siento orgulloso por eso porque fue un logro personal. No hay nada más lindo como proponerse algo, comprometerse, pelearla, y lograrlo al final.

 Tuvimos también la increíble suerte de que se agrandó esa hermosa familia que son mis amigos, con una nueva cuñada “oficial” como Flor, y una nueva bebé hermosa con nombre de dios solar. Además por supuesto de ver como tanto Sebi como Cami crecen hermosos, sanos, y con unos padres increíbles.

Cientos de cosas pasaron, cientos de relaciones se establecieron, cientos de puertas se abrieron, y cientos de oportunidades se presentaron, y aproveché todas las que pude.

Así sentado en una sillita de plástico junto al Quiosque do Miltão (dígase: Quioshqui do Miltáu), mirando la gente pasar, escuchando las olas chocar, y viendo a lo lejos las fogatas de las macumbas bajo las estrellas, me di cuenta que este año fue un año de, perdón por la expresión, de puta madre.

Sé que el año que viene va a ser duro, y lo digo esto en el buen sentido. Va a haber muchos desafíos, problemas, dificultades, pruebas, los mismos altibajos de montaña rusa de siempre, y voy a estar esperándolos a todos y cada uno de ellos para enfrentarlos y superarlos. Sin ellos no hay ni crecimiento, ni aprendizaje, ni el postre al final tiene el mismo sabor. ¿Quería aventura? Voy a tener aventura, una de las más grandes en las que jamás me embarqué. Si antes no había seguridad, ahora no tengo ni un viejo ebrio con un caniche sentado en la puerta con un uniforme de Prosegur y armado con un palito de la selva. Pero el éxito depende de nosotros y de nadie más, y puedo decir con poco margen de error, que ninguno de los tres está dispuesto a dejarse vencer fácil.

Espero que hayan tenido un año tan bueno como el mío, y que el que viene sea aún mejor. Mejor dicho, espero que ustedes mismos hagan del próximo año, el año que quieran tener. 

sábado, 4 de octubre de 2014

Stairway to Hostel


Lo que no conté en el post de cierre de "Facu va al Mundial", principalmente porque todavía no se me había ocurrido, es que sí voy a seguir escribiendo (eso sí se me había ocurrido), pero que lo que escriba va a ser subido acá. ¿Por qué? 

En un punto quise empezar a tomar más en serio lo de la escritura, creé una página (www.thekiwilife.com.ar, y después www.facuvaalmundial.com.ar), creé páginas en facebook, y ahí fue que comencé a cambiar mucho la forma de escribir. 

Entonces pensé que quizás lo mejor sería volver a manejarme como antes, y así, tal vez, volver a escribir como antes. Es por eso que decidí volver a escribir acá, en mi vieja página, donde sólo entraban amigos y familiares, y volver a escribir para ellos, en vez de intentar captar nuevos lectores.  Y así entonces abro una nueva etapa (o una vieja?) con algo pequeño que surgió hoy mismo. Y así me siento como si volviera al pueblo pequeño de donde salí, después de fracasar en la gran ciudad.

Nota importante: Si quieren seguir leyendo los posts, van a tener que suscribirse en la lista de mails, porque no voy a publicarlo en ningún lado! Pueden suscribirse en el menú de la derecha.

Stairway to Hostel


Después de tan sólo 4 horas de sueño, gracias a la gentileza de las dos Paulistas (chicas de São Paulo) que volvieron a las 4:20 de la madrugada y se quedaron una hora por reloj pelotudeando en el deck del hostel obligándome a quedarme despierto, ni la taza gigante de café que me tomé antes de salir ni el hecho de que mi compañera llegó temprano por primera vez en la historia permitiéndome salir por primera vez en hora (aunque este hecho fue tan sorprendente que no estaba preparado y terminé saliendo 10 minutos tarde de todas formas), no hicieron que el sentimiento de desolación al pararse en la base del morro y mirar hacia arriba viendo todo lo que aún quedaba por subir, menguara en lo más mínimo.

Vidigal está en la ladera de un morro, como casi todas las favelas de Rio (quizás por eso las negras tienen culos gigantescos y piernas que doblan las mías), y nuestra casa (el hostel) está en la calle más alta de todas. Está tan arriba que detrás nuestro sólo tenemos el bosque y más arriba una pared de roca vertical. La base del morro, está sobre la Av. Niemeyer, que es la costanera. Más allá de ella, a veces algunas casas, a veces un risco, a veces una playa, y detrás de todo esto, el mar, el hermoso hermoso mar. Ahhh como me gusta.


Aún me niego a tomar los mototaxis que suben y bajan a velocidades inconcebibles por las calles de la favela zigzagueando en subida y en bajada, esquivando autos, camiones, y personas. Es muy fácil morir en una favela, y no por actos de violencia, sino porque al desorden caótico del tráfico de Rio de Janeiro, se le suman las calles serpenteantes con esquinas escondidas y en altura, sin semáforos, sin control, y sin veredas. Los mototaxis cuestan sólo 2 reales, pero si multiplicamos 2 reales por 25 días al mes da como resultado 50 reales por mes en mototaxis, lo cual puede ser invertido en más de dos kilos de carne de buena calidad (un asadito), una visita al Maracaná para ver al Flamengo, o comprar el par de zapatillas más feos de la historia, lo cual hice (y no por accidente, ni por estar ebrio). Además de eso tengo la confianza de que, con tiempo, me vaya acostumbrando a subir el morro estúpidamente empinado, y que en algún momento mis piernas no quemen como si estuviese escalando el Aconcagua a diario. Por el momento no veo ningún avance.

Pero al fin uno llega a casa, y con que se encuentra? Un set de escaleras. Y no escaleras normales, sino escaleras de favela, es decir, escaleras hechas por un manco con los ojos vendados, fuertemente anoréxico y con falta completa de empatía, ya que algunas escaleras son tan angostas que más de una persona no cabría en ellas. Son 3 pisos por escalera hasta el andar (es piso en portugués; mi portugués va mejorando rápidamente a expensas de mi español e inglés que se va volviendo más cavernícola) en donde están nuestros cuartos, y un piso más para llegar al andar donde está la cocina y la primera terraza. Pero una vez ahí, uno recuerda un par de cosas:

1)      La razón por la que uno está acá
2)      Que uno tiene un hermoso cuarto privado
3)      Que la vista desde la terraza justifica cualquier escalada. No hay nada más lindo que levantarse, prepararse un café, y mirar el mar, las islas, y la playa. O en lugar de eso, recibir amigos, abrir una horrible cerveza brasilera (se ve que sus dotes genéticos fueron enviados hacia el baile, la música y el fútbol, olvidando por completo cualquier arte gastronómico o de bebidas) y la bebemos como si fuese una Stoke Amber mientras mirás el paisaje.

Y entonces, es imposible no sentirse feliz.
PD: No puedo creer que algún vecino puso una hermosa composición en piano, en vez del tradicional funky o samba. Te amo vecino! 
Nota: No fue ningún vecino, fue la escuela de ballet de la ONG.

En primer plano el Hotel Sheraton, en segundo plano Vidigal.
Llegando a Vidigal, así se ve el resto de Rio. Eso es Ipanema y Leblón.


Desde la terraza del hostel. 


A mitad de camino de subida. 
Detrás nuestro, el bosque y el morro

Curiosidades de Río


Me parece a mí o me está diciendo que tengo un aire a Saldaña?

Este colectivo va lejos

Una esquina porteña, en una esquina carioca
Soy el orgulloso dueño de las zapatillas más feas del mundo (pero son cómodas)

jueves, 19 de diciembre de 2013

Un día decidí irme


Un día decidí irme. Así de simple. Agarré todos esos sueños utópicos que siempre tuve, todos esos amores platónicos y decidí convertirlos en realidad. 

No vengo de una familia viajera, aunque si tengo algo de ruta en la sangre. Mi abuelo Julio, que murió cuando mi mamá tenía 17, tenía un micro de larga distancia. Se usaba como  micro escolar, pero solía hacer largos viajes con grupos de gente a todas partes del país. De La Quiaca a Ushuaia. De hecho al volver de Salta una vez, sufrió las críticas de mi abuela por volver con varios kilos de más, gracias a las empanadas salteñas.

"Cada vez que comprábamos un micro había que ablandarlo. Esas fueron nuestras únicas vacaciones. Dormíamos en el piso del micro sacando uno o dos asientos y poniendo colchones. Así conocimos Monte Hermoso, las playas, Tandil. Una vez fuimos con un grupo de mochileros que iban cantando junto con mamá y Marce que era chiquito. Otra vez fuimos a Sierra de la Ventana con la tía Norma, la abuela, unos tíos de mi vieja y unos primos también.

No terminé de leer pero ya se me frunció el alma"


Mail que me mando mi vieja apenas publiqué esta entrada. No sabía que la estaba escribiendo, ni mucho menos que la iba a publicar acá.
Nota: "Marce" es Marcelo, mi tío. El que está en brazos de mi tía Norma en la siguiente foto.



El micro y la familia en el 67'
Mi abuelo en Salta

Algunos de ustedes, por lo menos los que me conocen desde jardín o la primaria, recordarán que mi abuela manejaba un micro escolar, el 9 de la flota de micros escolares del Colegio Santa Cruz. Un hermoso Mercedes-Benz donde pasé todas las mañanas y todas las tardes escolares de mi vida desde jardín hasta 6to grado. Sí, mi abuela manejaba un micro escolar. Y no de esos chiquitos urbanos, era un micro de distancia media, de esos que iban a la costa por ejemplo.

Mis abuelos

Cuando mi abuelo murió alguien tenía que mantener a la familia, y fue mi abuela la que agarró las llaves y salió a manejar. Y así fue hasta que en las navidades del ’95, cuando las llaves del micro pasaron a otro Salinas, mi tío. Pero ese fue el último Salinas que manejó el Micro 9. Un día se vendió, y según escuché, se convirtió en un motorhome, o casa rodante, para poder seguir viajando.

Mi mamá fue de mochilera al sur, antes de mi repentina aparición. Mi viejo viajó con ella al sur en otra oportunidad, pero no hubo muchos más viajes que yo sepa.

Noviembre del 85'

Yo no fui a Disney, ni a Brasil, ni a Europa. Hay realidades económicas a las que hay que saber ajustarse, aunque siempre la mente parece volar más lejos que uno. Lo importante es siempre intentar alcanzarla, hasta que un día lo logres, la agarres de la cola y vuelen juntos de ahí en adelante. A veces hay que darle cierta ventaja a la imaginación, para ver a donde va y así seguirla.

De chico fui a Bariloche con mi mamá, Córdoba con mi viejo, y varias visitas a la costa. Pero la primera vez en mi vida que salí del país fue a los 14 aproximadamente, cuando mi viejo, su entonces novia y yo, subimos al auto de ésta y nos fuimos a Atlántida, Uruguay, previo paso por el carnaval de Gualeguaychú. Recuerdo que me sorprendió ver la amabilidad de la gente uruguaya y lo lindo de sus playas. Pero lugares como Europa siempre parecieron a años luz. Siempre soñé con viajar por todo el mundo, y vivir en lugares donde me viera obligado a hablar en otro idioma. Pero siempre pareció algo prácticamente inalcanzable. Soñaba tanto despierto como dormido. Cuando ocurría lo segundo me despertaba siempre con la alegría de haber viajado aunque sea un poquito, en mi imaginación subconsciente.

Mi vieja y yo en Bariloche

Pero un día decidí irme. En serio. Decidí dejar todo, todo, e irme a vivir ese sueño. No tenía miedo, sí ansiedad, y solía intentar imaginarme allá. Tengo muy viva la imagen que solía crear en mi cabeza de como sería Nueva Zelanda y como sería estar allá. No había visto ni fotos de cómo era. El viaje se veía todavía tan lejano y tan abstracto.

Así fue hasta el momento en que salí de la ducha, las valijas estaban hechas, y estaban todos en el living de mi casa mirándome, esperándome para ir a Ezeiza. Entré en pánico. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde iba a trabajar? ¿Con quién iba a estar? ¿Qué carajo iba a hacer yo sólo en la otra punta del mundo? ¿Cuándo volvería a verlos a todos ellos que estaban ahí?...ya no estaba seguro de querer irme. Durante el viaje hacia Ezeiza no emití palabra. Estaba casi seguro que no iba a subir al avión. Estaba convencido de que si subía al avión, iba a bajarme antes de que cerraran la puerta. 



Pero era un pez en el mar. Un cóndor planeando entre las cumbres de los Andes. Mirtha Legrand en la televisión. Estaba en mi esencia, y ni sabía que tenía una.

Estoy en el centro de la foto. Conical Hill, Hanmer Springs, Nueva Zelanda.

Hoy estoy en ese mismo living. Todavía no hay valijas, pero sí hay pasajes y una decisión tomada. Voy a llegar allá el 30 de mayo, y el 31 va a llegar Ben, el pibe inglés que conocí en NZ.

Las sensaciones y sentimientos son distintos, pero estoy acá nuevamente a meses de emprender un nuevo viaje. Con un poquito más de planificación, pero con la misma incertidumbre final.



No les voy a mentir, el sentimiento de espera es maravilloso. 

Y así, un día decidí irme, de nuevo.

sábado, 12 de octubre de 2013

(no TKL) Sueños de plumas negras y alas copadas



Estuve toda la semana enfermo. El lunes me atacó una fiebre sin razón clara, y estuve con picos entre 38°5 y 39°5 hasta el miércoles, mejorando a partir del jueves. Pero con dolores de cabeza constantes, variando la intensidad. Gracias a esto no pude subir la segunda parte de la actualización del blog, “Musicología II”. De todas formas, mi compu quedó en lo de mi viejo, ya que pasé la semana anterior allá, y pensaba volver el domingo a ver el superclásico después de un asado en Fco. Álvarez, pero nunca llegué.

sábado, 1 de junio de 2013

El fin de The Kiwi Life


Admito que no me veía tan ansioso, pero cada cosa que pasaba, cada hora que pasaba que me acercaba más, me ponía una sonrisa en la cara y hacía que me moviera en mi asiento. Era algo en lo que había pensado hacía mucho ya, pero parecía nunca venir.

No puedo decir que se haya pasado volando ni que haya sido eterno, todo pasó en el tiempo en que tenía que pasar. Pero era una sensación muy extraña, hasta ambigua. De todas formas nada quitaba que estuviera verdaderamente contento y hasta sorprendido, ya que en ninguno de mis planes aparecía como opción, pero aquí estaba.

Las horas que pasé en el Aeropuerto de  Sidney no fueron la ayuda en la transición que hubiera esperado. Si bien fue un empujoncito anímico que me acercó un poco más a mi destino, no me hizo sentir que me alejaba de NZ. El primer cachetazo fue tal vez esperar en la mini sala de embarque, rodeado en su mayoría por argentinos. Hacía tanto tiempo que no estaba en un lugar rodeado de argentinos y donde se escuchaba español por todos lados. Pero más se sintió al abordar el avión de Aerolíneas Argentinas. Sé que suena crudo decir que pasamos de un avión de primer nivel, comodidad y tecnología de Air New Zealand a un avión decorado y equipado por última vez a fines de los ‘80. Antes que eso, el “azafato” con cara de argentino recibiendo en inglés a los turistas y en castellano a los que teníamos caras obvias de latinos, en ambos casos, con fuerte acento argentino. Creo que ese fue el punto de no retorno. 


Aeropuerto Internacional de Sydney. Sólo una pequeña parte de él.


Tal vez suene simple, hasta superficial resaltar el cambio entre bajarse de un avión equipado con una pantalla táctil y sistema de entretenimiento  completo personalizado, donde yo elegí la película que quise ver, y subirse a un avión con un proyector  al frente desenfocado. Fue un paso más grande de lo que parece, fue un cambio de sociedad. Fue bajarme de algo muy kiwi, algo muy prolijo y en pos de un buen servicio, algo que simbolizaba mi vida en el último año y medio, y subirme a algo que era típico símbolo argentino. Pasé de viajar en el 7 de Wellington donde tocabas el timbre sentado y en la parada te esperaban que te pares, camines a la puerta y bajes con un vociferante “gracias chofer”, al 7 que te deja en retiro y si no arranca antes de que termines de bajar, llega tarde a destino. Fue algo tan simple como un cambio de avión, pero para mí fue un cambio de país. Fue el fin de mi viaje, ya estaba en Argentina.

Durante el viaje no hubo nada rescatable, a nivel interesante. Mi compañera de asiento era una escocesa que venía de visita, excitada por venir a Buenos Aires. Dormí algo, y vi alguna serie en la compu otro rato. Y de pronto, vi tierra. 

Campo. Quería decirle a la escocesa “mirá, esa es mi tierra”, pero me imaginé que sonaría bastante estúpido y que jamás iba a comprender lo que pasaba por dentro mío en ese momento. Creo que igual se lo dije.

Un año y medio para mí fueron el fin y comienzo de muchas cosas, y la transformación de muchas otras. Ver de vuelta tierra Argentina fue fuerte. Muy fuerte. El campo y el gaucho fueron dando lugar a los poblados y pueblerinos, y estos a la ciudad. Cada anuncio del piloto me estrujaba por dentro. Las ruedas tocaron suelo. Estaba en casa.

Es difícil explicar lo que pasa por dentro uno en estos momentos. Meses y meses de escuchar a mi vieja que se ponía a llorar cada vez que decía “hola ma” por teléfono. Mis amigos y sus “te extraño puto” que sabés todo lo que significa. Un año y medio sin ver a todas esas personas que fueron parte de mí durante toda mi vida. Que de pronto, de un día para el otro no nos vimos más. Estaba de vuelta.

Puse el primer pie en tierra. Quería hacer de ese momento algo romántico como el primer paso de Neil Armstrong en la superficie lunar, pero fue complicado determinar si la manga era tierra o no, si el suelo firme del aeropuerto lo era, o si el primer paso tras las puertas de salida al estacionamiento lo fueron. Por ello tendremos que hacer un par de ajustes a la hora de hacer la película autobiográfica. Ya que estamos hacemos la despedida algo más como Humphrey Bogart en Casablanca. 

Fuera cual fuese el primer paso, definitivamente estaba en territorio argentino. A sólo unos metros estaban mis viejos esperándome, tras algunas paredes. La última imagen que tuve de ellos fue mi vieja llorando, y mi viejo en estado de shock, despidiéndome en ese mismo aeropuerto. Ellos también habían cambiado durante este tiempo, no sólo yo. Esa madrugada del 8 de agosto del 2011 también habían estado mi tío Marcelo, mi tía Norma (ver “despedida de una persona eterna”) y Gimena, mi ahora ex novia. (ver "no me quiere ni hablar y me bloqueó hasta en Facebook")

Me tomé mi tiempo y disfruté cada segundo. Inmigración fue lo primero. El pibe ahí me informó que mi número de DNI estaba asociado a una cédula de identidad cuyo propietario tenía alguna causa legal pendiente y por ello tenía prohibida la salida del país. ¡Genial! Me mandan de vuelta a NZ. O me dejan varado ahí hasta que me compre un pasaje a otro lado. ¿Uruguay capaz? No hubo problema, ya que yo viaje con mi pasaporte y no la cédula. Esperé mi valija pacientemente. Muy pacientemente.

¿Habrán mandado bien la valija? La última vez que la vi fue en el aeropuerto de Nelson. En Auckland, Air New Zealand me llevaba las valijas de un avión a otro, y en Sydney, alguien hacía lo mismo, dejando mi valija en el depósito del Airbus de Aerolíneas Argentinas.
¡Mi valija está en Sydney! La puta madre. ¿Y ahora cómo hago? Algo que reconocí como los restos de mi valija aparecieron al fin. Con algunas faltantes decorativas, y cortes y raspaduras cual rodilla de nene de 10 años en el recreo escolar, pero estaba ahí. Ahora aduana. No tengo nada que declarar, ¿que compré allá? Estos auriculares de 35 dólares. Que se partieron y en vez de traerlos alrededor del cuello bien facheros, los traigo en la mano con los 6 metros de cable enrollados alrededor del mismo. Creo que "apelotonados" es más apropiado.

Siempre quise aparecer en Ezeiza con todo el glamour, con mis pelos al viento, mis Rayban, mis auriculares reposando en el cuello, mi mochila colgando sobre un hombro, y la valija en la mano contraria. A lo modelo de valijas “Chanel”.

Los Rayban nunca me llegaron, los auriculares rotos iban en la mano en la que sostenía también la campera de invierno (era pleno verano), el cuello torcido de intentar dormir en el avión, y la valija destartalada. Fui más bien el Chavo llegando a Acapulco.

Pero estaba llegando. La Aduana era un molinete. Pasé y ni me miraron. Podía llevar diamantes, cocaína, un huevo de kiwi en un bolsillo, y una serafia (o cerafia, ver nota al final) en el otro, que nadie se iba a dar cuenta. Otra habitación más. Taxis y transportes a la ciudad, como Manuel Tienda León. Seguí caminando, faltaba menos.

Y vi la puerta al final de la habitación. El final tangible de mi viaje, el final de The Kiwi Life.  Vi a la gente salir y doblar hacia ambos lados, y tras una cinta, las familias y conocidos que venían a recibirnos a todos los pasajeros. Sabía que todos estaban ahí. Sonreí  y caminé hacia la puerta.


Vuelo de Air New Zealand de Auckland a Sydney.
Películas, series, música o video juegos a elección.
Y un señor almuerzo.



Airbus A340 de Aerolíneas Argentinas reposando en Sydney.

El glamour.


21 de enero de 2013.

Nota: En el capítulo de los Simpson que viajan a Australia, Bart lleva consigo una pareja de ranas. En la Aduana no lo dejan pasar, así que suelta las ranas, quienes se reproducen y se convierten en plaga. Un Australiano decide llamarlas "cerafias o serafias".

jueves, 4 de abril de 2013

El último trimestre - Historias irrelevantes


Esta nueva edición no trae avances en la historia, sino que sólo cuenta un poco más como fueron los últimos meses en Nueva Zelanda. Si se la pierden, no se van a perder en la historia. Igual, si ya entraron, no se van a ir sin leer. Es cortito y al pie. 



El último trimestre - Historias irrelevantes

El último trimestre del 2012 fue algo…em…poco asentado, sí. ¿Poco asentado? Así como en el aire digamos. Si bien mi idea ya era quedarme un tiempo más en NZ, era imposible saber si iba a poder hacerlo. Y lo peor es que fuera cual fuese el curso que iba a tomar mi viaje (y vida), iba a ser completamente repentino y sin tiempo de acomodarse al mismo. 


Me explico mejor. Ustedes se imaginarán que yo no soy el único infeliz que quisiera quedarse allí. Si estuvieron siguiendo este blog, me imagino que incluso ustedes querrán radicarse en NZ. Bueno, ¡olvídense! No es tan fácil como se imaginan.


La situación era la siguiente. Tenía 3 opciones para quedarme:

Opción 1) Que Waimea Nurseries me diera un contrato permanente y así pedir una visa de trabajo.

Opción 2) Casarme con una kiwi.

Opción 3) Salir en “El Hobbit”, ser galardonado como actor revelación y obtener un contrato con la productora de Peter Jackson en Wellington, y convertirme en la nueva estrella mundial del cine.


Se imaginarán que opción tomé. Deposité toda mi fé en salir en el Hobbit.


Algunas semanas antes de que se venciera la visa, Paul Jameson, el gerente de Waimea Nurseries me ofreció un contrato permanente  con la compañía, gracias a ello presenté los papeles a Immigration NZ. Pero esto ya lo saben. Lo que no saben es que a partir de allí, en cualquier momento podría llegarme una carta diciéndome que podría quedarme en el país por algunos años más, o por el contrario, que debía abandonarlo casi inmediatamente.

Y así tuve que continuar mi vida, esperando a diario una carta que resuelva mi vida futura inmediata entre dos opciones muy contrapuestas. Fuera cual fuese la situación, iba a seguir disfrutando mi vida en el País de las Maravillas mientras tanto. Intenté crear dos líneas de planificación, conocidas internamente como plan A y plan B, según fuera la resolución de INZ.

Plan A: Mudarme a Nelson. Jugar en Nelson F.C. Alquilar una casa con Héctor, el venezolano, apodada “La Casa Feliz”, así en español, frente a la playa. Proyectos musicales latinos.

Plan B: Ir unos meses al sudeste asiático con Rodri, el uruguayo, a buscar al gordo, argentino, y convencerlo de que se una a mi próxima aventura en otro país. Pasar el tiempo allí hasta que ser otorgada la visa en el próximo destino.

Por supuesto que ahora saben como resultó todo, pero en ese momento, no tenía idea, y esos eran los únicos planes en mente.

La vida continuó entonces en Hope a la espera del estreno del Hobbit y en consecuencia la simple resolución de mi vida como fue explicada antes.



El trabajo de planting

Por si no se acuerdan, en el trabajo estaba en el equipo de campo rompe espaldas. Un día me avisaron  que me cambiaban de equipo, me mandaron a trabajar al equipo de planting, o plantación. La jefa de este equipo es Kath, una mujer en sus cincuentilargos/sesentipocos, que solía ser stripper de joven. Sí, es correcto, mi jefa era stripper de joven. Habrá llegado un punto en que no pudo seguir haciéndolo. Si tengo que adivinar, diría que fue el día en que su hija quedó embarazada y estaba por convertirse en abuela. Convengamos que nadie quiere explicarle a su hijo/hija que su abuela es stripper, salvo que quiera arruinarle la infancia.

Para todos los que están pensando: “A los 20/30 una stripper está buenísima, ¿qué onda a los 60?” Y la verdad que yo le daba. Y varios de mis compañeros también. Kath es divina. Cuando me pasaron todo el mundo me dijo: “que suerte, vas a trabajar con Kath” y después vi porqué.

En el equipo había 3 viejos conocidos: Maddy (del grading shed, una chica parte maorí), JP (un pibe kiwi con pocas luces y demasiada actitud “cool”), Rodrigo (uno de los chilenos), y Adam (el filipino, una especie de versión mini-me* de Jackie Chan, quien estuvo sólo una semana).  Había una persona más, un tipo parte maorí que lo conocía de cruzármelo a la mañana nomás, había entrado hacía poco.

Will es sin duda alguna uno de los mejores personajes que conocí en Nueva Zelanda. Tiene 50 años, y está casado con una mujer sudafricana 10 años menor.

Día a día fui aprendiendo la metodología del nuevo equipo y a sus integrantes. El sistema para plantar es el siguiente.  Campo gigante, lleno de pasto. Pasa un tractor con una “podadora”. Pasa el mismo tractor con una “revolvedora”. Venimos nosotros y empezamos a plantar. Con un tractor.

William


Primero se debe trazar  la primera línea guía, sobre la cual va a pasar el tractor con la “plantadora”. Obviamente es necesario que sea una recta perfecta, asi todas las filas son paralelas y se aprovecha la extensión de tierra al máximo. Se imaginarán que no se hace a ojo, es un poco más tecnológico. Se coloca un láser de un lado, y un receptor del otro. Una vez instalado el laser, se corre el receptor y se alinea el tractor, ya estamos listos para plantar. El tractor tiene otro receptor que le indica al conductor exactamente por donde tiene que ir.

Receptor al frente, tractor al fondo.

El receptor es el cosito rojo, al fondo se ve el láser. A la izquierda, el sist. de riego.

Atrás va enganchada la plantadora con asientos al ras del piso para dos personas, una yo. Cada uno tiene como una pala en forma de V que abre la tierra para que uno pueda poner la planta, y después tiene unas paletas que cierran el surco. Atrás van una o dos personas controlando que la distancia entre las plantas sea correcta y estén todas bien cubiertas. Mientras tanto, otros dos van en una camioneta hasta el invernadero (ubicados en otros campos distintos), traen las bandejas de arbolitos, y los sacan a todos, los ponen en otras bandejas especiales para el tractor, y se colocan sobre el mismo.

El trabajo en sí no está mal. O vas sentado en el tractor que avanza a paso de hombre rengo en subida poniendo las plantitas en su lugar, o vas en la camioneta y tranquilamente la llenas de bandejas y ayudas a sacar los arbolitos de las mismas, o vas atrás del tractor ayudando a Kath a revisar. Perdón si los aburrí, seguímos con otra cosa! 

Arriba: Will, Judah, Craig (del equipo de riego)
Abajo: Yo, la hija del dueño millonario, y Maddy

Will es una persona particular, y un empleado particular. El mejor chofer que vi en mi vida. Maneja la camioneta y el tráiler de 5 mts de largo agarrado atrás, como si fueran un Fiat 600 con dirección hidráulica de Scania. Pero a su vez, le es imposible realizar tareas sencillas como plantar, y es por eso que Kath le tenía prohibido hacerlo.

Día a día fui conociendo mejor a Will. Le encantaba la música clásica, pero no le gustaba Bob Marley porque era muy antiguo. El tipo es un viajero. Odiaba a los kiwis por considerarlos aburridos, y le encantaba trabajar con Rodrigo y conmigo. Siempre nos preguntaba sobre nuestros países, música, etc. De hecho su sueño era vender todo acá e irse a vivir a Italia y recorrerla en una Vespa. Como su esposa es sudafricana, vivió un tiempo con ella allá. Le encantaba nuestra música y nuestro idioma. Aprendió rápido a decir “pedo” y se denominaba a sí mismo Mr. Pedo, no sin justa causa, el tipo tenía una trompeta por esfínter. El preparaba su propia cerveza casera (y otras bebidas alcohólicas), y fumaba marihuana a escondidas de la mujer, a quien no le gustaba tanto la idea.

Se enamoró de la canción “Es importante” de la Bersuit. De la nada y en cualquier momento tiraba un “es importaaante”. Nos vivía invitando a su casa un fin de semana para hacer un asado “estilo sudamericano”, pero sólo los latinos, los kiwis no le interesaba en lo más mínimo.  Tanto insistió, que un día accedimos.


Asado en lo de Will

Sábado al a mañana, fui el primero en llegar. De mi casa tomé hacia el sur por la ruta 6 hasta Wakefield. De allí agarré una ruta que se iba hacia el este, hacia las colinas. Subiendo, bajando y zigzagueando por las colinas llegué al final. La casa era un sueño. Construida en la cima de la cadena de colinas, y justo en un área donde las colinas formaban una especie de u, así sólo se veía el valle hacia abajo y el resto del terreno hacia arriba, nada más. Ni una otra casa en la cercanía. La casa en sí hermosa también, amplia, llena de luz y con una pileta al aire libre genial.  Incluso tenía un taller. Restaura motos antiguas y hace muebles y esas cosas. De hecho estaba empezando a convertir el taller en una casa para invitados. Me invitó a quedarme cuando quisiera.

Nini, Yo, Vicky

El tipo compró todo exactamente como yo le había dicho que se hacía. Compró medio barril, la parrilla, cortó madera, y compró carne de todo tipo para que comiera la empresa entera. Y por supuesto, tenía miedo de que no alcanzara. Nosotros sólo llevamos la bebida y la picada. Estaba tan contento de recibirnos y era tan servicial, que creo que si le pedías a la mujer te la entregaba.

Comimos como reyes y tomamos como barones. Algunos fuimos a escalar hasta lo más alto del terreno y la colina (persiguiendo a las ovejas), y luego bajamos (esquivando la caca de oveja) para tocar la guitarra y bajar la comida. El clima no acompañó para meternos a la pile. No saben lo que me costó convencerlo de que no hacía falta que me quedara a dormir.

El escuadrón latino de Waimea (falta Héctor) + Will + Mujer + Perro
El alto es Rodrigo



El equipo de planting, parte 2

En el equipo cambiaron un poco las cosas. Yo me gané más responsabilidad. Kath me enseñó todo lo del diagramado y la colocación del laser, así que desde ese entonces yo comencé a diagramar todas las plantaciones. Bastante bien anduve, me equivoqué dos veces nomás. En una me olvidé que el día anterior habíamos hecho media fila, y no lo tuve en cuenta cuando puse el marcador en el extremo más lejano quedando media plantación completamente en diagonal. Otra vez que parece medí mal, y dos filas quedaron separadas por 20 cm menos de lo debido…casi que no podés caminar por el medio. Pero todo bien, no fue tan grave.

Haciéndome el Copérnico.

Para todo eso tenía que andar moviéndome con la camioneta de punta a punta. Empecé a trabajar mucho con Rodrigo que al ser latino hizo que nos entendiéramos bárbaro. Así la pasábamos bien. 

Tirando facha a lo maorí en la "Mitsi"



Maddy es una mina muy buena onda y extrovertida…no tan buena trabajadora. Con ella nos pasábamos el día cantando canciones bizarras al plantar (muchas veces Kath se unía), y tratábamos de pegarle al otro la canción más bizarra. Así me encontré cantando “Everybody” de los BackStreet Boys por días. Imagínense lo siguiente: venís manejando por la campiña neozelandesa a toda velocidad en tu impecable Corolla champagne (Gracias Lidia y mamá que descubrieron el color del auto), con la ventanilla baja, dejando que el viento menée tu cabello ondulado que brilla castaño por el rayo del sol sureño, libre de preocupaciones…y cantando “evri badeeee… ieeeeee… uach ior badeeee… ieeee eee”. Si, lo arruina todo. Pasas de ser James Dean a ser Justin Bieber.

Yo, Craig, Will, Maddy, Hija del dueño, Kath, Marion, Judah

En el medio de esto pasó mi segundo cumpleaños en tierra kiwi, y al mes, el aviso de que mi visa había sido rechazada.


Generalidades y un asado latino (escrito de hace varios meses que quedó afuera de actualizaciones anteriores)

Durante todos estos meses empecé a salir mucho con Héctor a Nelson. Así me hice habitué del Sprig & Fern on Hardy Street. Y cuando digo habitué, digo ir al bar unas 2 o 3 veces por semana por lo menos. Ahí conocí a la encargada del bar. Se terminó de ganar mi corazón cuando me regaló la primera cerveza. Esto no ayudó más que a hacerme ir más seguido al bar. Gracias a ello comencé a caer con resaca a trabajar durante la semana. 

A la par, también fui de visita a Motueka algunas veces. Les había contado de los nenes con los que vivía, Ngahere (“Najíri”) y Nikora, de 5 y 4 años respectivamente. Ahora tienen 6 y 5. Hacia fines de Julio (sí, me fui muy atrás, mis disculpas) Nikora festejó el cumple, y yo, aún viviendo en Motueka, fui invitado con Rodri al cumpleaños. He aquí algunas fotos.


Envolviendo los regalos con papel de diario. Tradición kiwi.

A la izquierda se ve La Carcacha. Bueno, los grandes también se divertían. 
Bastante

Esto claramente no terminó bien. Uno se cayó y terminó llorando.


No sé si conté esto, pero si bien con Ngahere nunca pude tener una relación, con Nikora fue todo lo contrario. Ngahere es delicado y elegante, Nikora, un indio caníbal, con el cual me encariñé.

Un sábado Rodri organizó un asado. Y digo “asado” y no “barbecue”, porque fue justamente un asado propiamente dicho, como no había tenido desde que dejé la llanura pampeana. Compró medio tanque y las parrillas, y hasta se vino a una carnicería de Richmond a pedir específicamente que le corten tira de asado. Vale aclarar que los cortes de la carne acá son completamente distintos a los nuestros, yo aún no los entiendo. Ya de por si tampoco entendía los argentinos, pero aunque sea ya estaba familiarizado con ellos (aunque no sabía de donde venían). Es más fácil pedirse tira de asado, vacío, etc. que Beef Schnitzel, Porterhouse steak, etc.



No éramos los únicos en el asado. Aparte de los sudacas, estaban Jo (la que nos alquilaba las habitaciones), Tomas y Alena (los checos), Raymond (?) y un par de personas más.
Mientras íbamos a comprar vino tinto, se nubló y empezó a llover. Primero llovizna, después casi torrencialmente.


Los dos rioplatenses hambrientos y desesperados por un asado no se iban a dejar vencer por unas gotitas, y a lo publicidad de Hepatalgina, nos pusimos a hacer el asado igual, y bien completo señores. Salame, queso, pan francés y papitas para la picada, vino tinto y cerveza para elegir, y salsita criolla casera hecha por Rodri. Por suerte paró de llover, se despejó el cielo, y corrimos la mesa de abajo de la sombrilla para disfrutar del sol mientras comíamos asado.

Todo esto después de salir el jueves y  viernes, y manejar a Mot resacoso después de salir con Héctor y las alemanas restantes. Después de conocer a las dos primeras apareció una más, Kea. Ike se fue, quedaron las otras dos (NOOOO! POR QUÉEE DIOS???). Esa noche también terminé durmiendo en el auto.

Las nubes no se iban a retirar sin pelea, y volvieron mientras comíamos. Todos se espantaron y empezaron a levantar la mesa. Comenzó a llover torrencialmente una vez más. Corrieron para ponerse bajo techo. Pero los latinos que esperaron 4 horas ese asado, se miraron, vieron que ninguno de los dos tenía la más mínima intención de abandonar el fuerte y siguieron comiendo sin siquiera mencionarlo. Vale aclarar que después de 4 horas, los muchachos estaban desesperados. Incluso ante la impaciencia se lanzaron con lanzas y boleadoras antes de tiempo, y al descubrir que estaba aún crudo, tuvieron que volver a tirarlo a la parrilla. Y cuando digo crudo no digo rojito, digo literalmente crudo, rojo oscuro, gomoso, mujiendo. Ahora que estaba listo, una lluviecita no los iba a frenar.

La lluvia se convirtió en escarcha, y así de pronto nos encontramos los dos solos en el jardín del fondo, sentados a la mesa, comiendo el asado empapado, cubiertos de escarcha y todos los demás bajo techo a los gritos pidiéndonos que vayamos también. Pedirle a un argentino o uruguayo que largue el asado es casi como pedirle que entregue a su vieja. Fue un acuerdo tácito entre Rodri y yo, jamás hablado. Todos se levantaron, nosotros nos quedamos sentados devorando el asado sin decir palabra alguna.

En medio de la tormenta veo que Rodri, cubierto de escarcha, agarra el plato y se levanta. Era casi un puñal por la espalda, una traición. ¿Cómo se iba a ir? ¿Cómo se iba a esconder bajo el techo por una escarchita? ¡Estábamos comiendo asado por dios! Un asado no se abandona, ¡jamás! Una sensación de decepción me llenó. Lo miro extrañado, dolido, y le pregunto:

-  ¿Me abandonás?

Se ríe y me dice:

- No, ¡voy a buscar más carne!

Y se fue a buscar más carne. Volvió, se sentó, paré de reírme, y seguimos comiendo bajo la escarcha. La escarcha pasó, la lluvia pasó, terminamos de comer, y levantamos la mesa ante la incomprensión de todos los demás. 

Rodri, Tomas, Jo, Alena, dos franceses, Yo